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Cartas desde allá

  • Foto del escritor: Maria M
    Maria M
  • hace 22 horas
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: hace 5 horas


Berlín, X de............... de 199x

 

Querida primita:

 

Hace frío.  Cuando te digo que hace frío, tu pensarás en el frío del páramo a 2.800 metros de altura cuando íbamos a la labor social del programa de la universidad. Después de horas de bus y varios minutos de mula, llegábamos a la sopita con queso local.

 

O te acordarás de esas mañanas cronometradas en las que íbamos a saltos y brincos al colegio. ¿Te acuerdas de esas veces cuando nos poníamos un pantaloncillo de ciclista por debajo de la falda del colegio para tener un poco más de tela entre la banca y nosotras? El chocolate caliente del bar del abrigaba las manos y calmaba el antojo de algo dulce, pero jamás abrigaba las piernas o las ganas de estudiar.

 

Siempre pensé que la falda era una prenda sinsentido para las niñas y jóvenes en edad escolar. Recuerdo que mi día favorito era el viernes porque llevábamos el uniforme de deportes: una se podía sentar en el piso, cruzar las piernas, correr… y además los zapatos de deporte le daban a una un aire de espontaneidad que tengo impregnado hasta el día de hoy. Con esos zapatos sentía que no me podía equivocar, y que podía seguir caminando hasta que ya no haya más calles que caminar.

 

Tampoco es ese frío teñido de esa esperanza rumbera que nos acompañaba las noches que esperábamos en la fila de los clubs con el suspenso de saber cuál sería la conquista de la noche. Tampoco es el frío de cuando nos cayó el aguacero después del almuerzo y solo teníamos los cuadernos de la universidad, porque pensábamos que llevar paraguas en el bolso era cosa de señoras cuarentonas.

 

Este es un frío ajeno, siento claramente que no es mi frío.  Es un frío que ha pasado tantas veces por aquí, es un frío viejo, pero para mí es nuevo. Se siente sucio y rancio, cansado de tener que volver cada año, así no quiera, como nosotras íbamos al colegio.  Huele añejo, muerde.  Te cae como un gaznatón detrás de la puerta: cuando sales a la calle parece que entras al refrigerador.

 

Gracias a él me he enterado que hay partes de mi cuerpo que también están vivas: los bordes de las orejas, el borde de los glúteos, los dedos de los pies y las unas de las manos. Pero también he sentido los bíceps y los gemelos fuera del gimnasio: ¡la ropa pesa!

 

Este frío pone también a prueba la resistencia cardiaca. Recuerdo que siempre admiré tu entereza cuando veíamos películas de terror para tratar de contrarrestar las decepciones amorosas en esa suerte de ecuación empírica que inventamos, donde más adrenalina y sentimientos inquietantes significaban distracción del corazón de esa pena.

 

Yo me cubría los ojos para no tener pesadillas después. Pues, sabes que al final no me libré de esa ducha de adrenalina que, en este frío, de paso te endereza la espina dorsal sin tener que ir al quiropráctico. Con un resbalón en el hielo, al mismo tiempo haces estiramiento de párpados prima: te hace abrir los ojos hasta el límite. Por suerte, en el peor resbalón que he tenido no había mucha gente alrededor así que salvé las apariencias.

 

Escríbeme pronto. ¿Cómo está la abuelita?


Con mucho cariño, te envío un abrazo desde este frio ajeno.

Tu prima.

 
 
 

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