Cine, migración y lenguaje común en un mundo fragmentado
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Por Elizabeth Martínez.
En el mito de Babel, la lengua se quiebra y la humanidad se dispersa.
En la experiencia migratoria, ese quiebre se vuelve cotidiano: hablar ya no garantiza ser comprendido. Quizás por eso el cine insiste en contar historias con imágenes.
En la recién concluida Berlinale, las lenguas no se unificaron, pero las imágenes actuaron como un lenguaje común y reunieron a miles de personas de distintos orígenes; algunos de paso y otros locales.
Este año, la programación estuvo marcada por mensajes sociales. Aunque el festival no se define como un espacio partidista, resulta imposible separar al cine de los contextos sociales que lo rodean.
Las películas dialogan con su tiempo. El cine nos recuerda que migración no es solo cruzar una frontera, sino es ese “Zerrissenheit” (desgarro de la identidad) cuando el hogar se convierte en un eco ajeno.
Los temas abordados este año fueron diversos, pero destacaron las propuestas inspiradas en experiencias de migración: desde la aspereza de los trabajos de limpieza en ambientes hostiles hasta los abandonos forzados. Las mujeres como protagonistas expusieron realidades extremas y perspectivas de resistencia y valentía. Los reflejos de estas escenas mostradas al mundo identifican.
La Berlinale nos entrega un capital cultural que amplía la visión de nuestro entorno, no solo desde este festival, sino también desde la cartelera tradicional. En cualquier lugar esto resulta significativo. Lejos de ofrecer respuestas el cine propone preguntas, abriendo espacios de discusión y reflexión. Ver las salas llenas de un público multicultural revela una voluntad compartida de mirar, de interesarse y de intentar comprender al otro.
Quizás este sea el primer paso para habitar nuestra propia Babel; no para resolverla, ni unificarla, sino para aprender a convivir en ella.








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