Muerte con M de Migrante. Duelo entre dos mundos Parte 2
- emrtraducciones
- 17 feb
- 2 Min. de lectura
Por Elizabeth Martínez
Cuando la muerte cruza fronteras, el duelo también migra: memoria, ausencia y culpa viajan con nosotros.
Desde tiempos antiguos, el ser humano se ha trasladado de un lugar a otro para vivir. Aun cuando en algún momento optó por una etapa sedentaria, su esencia no desapareció, solo se adaptó. Nosotras somos la prueba de ello: al movernos, migrar, adaptarnos.
El estatus de “migrante” lo podemos adquirir en forma voluntaria o en algunas circunstancias extremas en forma obligada. Cualquiera sea la situación, el ritmo de nuestra existencia nos lleva a ese estado profundo de “duelo migratorio”, de pérdida de nuestro entorno, de nuestra familia, de nuestros amigos. Cada paso que damos para avanzar en esta nueva etapa de adaptación nos pesa en cada músculo de nuestro ser. Nada pesa tanto como lo que no se ve.
Dejamos de sentir que pertenecemos y nos esforzamos por encontrar un espacio que nos acoja y por crear un nuevo entorno. Los procesos, como en todo, son individuales, no hay recetas mágicas ni manual de instrucciones. No hay límites de tiempo. Puede durar poco o ser eterno y, en este transcurrir del tiempo, seguimos caminando, seguimos avanzando.
¿Qué ocurre cuando, un día, nos despertamos y nos damos cuenta de que se ha sumado un nuevo duelo?
Este nuevo dolor no borra el anterior; se superpone a él. Cuando creíamos estar superando ese llamado duelo migratorio, nos miramos y nos descubrimos inmersas en un nuevo duelo, esta vez por la muerte de alguien cercano.
Tal como lo relaté en el post anterior, tuve la suerte de poder viajar, de abrazar y de despedirme. Sé que muchas y muchos no han tenido esa posibilidad. No siempre nuestra economía permite comprar un vuelo el mismo día del viaje, no siempre contamos con el apoyo para organizar a la familia, los niños o el trabajo. Nuestro dolor se duplica.
Investigaciones y estudios sobre duelo transnacional señalan que la dificultad no radica únicamente en la imposibilidad de viajar, sino también en la ruptura de deberes morales y culturales, la ausencia en los rituales funerarios y la imposibilidad de compartir el duelo de forma comunitaria. Cuando la muerte de un familiar ocurre estando nosotras lejos, sin poder viajar o sin poder llegar a tiempo, pueden surgir sentimientos de culpa aumentada. A la señorita “Culpa” se le suma su amigo el “Desarraigo”; ahora sentimos que pertenecemos menos a este lugar, donde el dolor duele más. La distancia amplifica toda la carga ya existente.
No hay consejos, solo reflexiones.
El duelo no se mide en lágrimas sino en pequeños actos. Cada gesto se convierte en un ritual propio para mantener viva nuestra memoria. El duelo no termina ni determina, sólo nos transforma. No se trata de superar esa pérdida, sino de reorganizar el vínculo. Podemos mantener a nuestros seres queridos activos en nuestra memoria, hacerlos parte de nuestra identidad y dejar que el amor que sentimos por ellos nos genere más amor para los que aún están. Esta reorganización no es una negación, es simplemente integración.








Comentarios