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Nuestro Blog (87)
- Cartas desde allá
Querida primita: Hace frío. Cuando te digo que hace frío, tu pensarás en el frío del páramo a 2.800 metros de altura cuando íbamos a la labor social del programa de la universidad. Después de horas de bus y varios minutos de mula, llegábamos a la sopita con queso local. O te acordarás de esas mañanas cronometradas en las que íbamos a saltos y brincos al colegio. ¿Te acuerdas de esas veces cuando nos poníamos un pantaloncillo de ciclista por debajo de la falda del colegio para tener un poco más de tela entre la banca y nosotras? El chocolate caliente del bar del abrigaba las manos y calmaba el antojo de algo dulce, pero jamás abrigaba las piernas o las ganas de estudiar. Siempre pensé que la falda era una prenda sinsentido para las niñas y jóvenes en edad escolar. Recuerdo que mi día favorito era el viernes porque llevábamos el uniforme de deportes: una se podía sentar en el piso, cruzar las piernas, correr… y además los zapatos de deporte le daban a una un aire de espontaneidad que tengo impregnado hasta el día de hoy. Con esos zapatos sentía que no me podía equivocar, y que podía seguir caminando hasta que ya no haya más calles que caminar. Tampoco es ese frío teñido de esa esperanza rumbera que nos acompañaba las noches que esperábamos en la fila de los clubs con el suspenso de saber cuál sería la conquista de la noche. Tampoco es el frío de cuando nos cayó el aguacero después del almuerzo y solo teníamos los cuadernos de la universidad, porque pensábamos que llevar paraguas en el bolso era cosa de señoras cuarentonas. Este es un frío ajeno, siento claramente que no es mi frío. Es un frío que ha pasado tantas veces por aquí, es un frío viejo, pero para mí es nuevo. Se siente sucio y rancio, cansado de tener que volver cada año, así no quiera, como nosotras íbamos al colegio. Huele añejo, muerde. Te cae como un gaznatón detrás de la puerta: cuando sales a la calle parece que entras al refrigerador. Gracias a él me he enterado que hay partes de mi cuerpo que también están vivas: los bordes de las orejas, el borde de los glúteos, los dedos de los pies y las unas de las manos. Pero también he sentido los bíceps y los gemelos fuera del gimnasio: ¡la ropa pesa! Este frío pone también a prueba la resistencia cardiaca. Recuerdo que siempre admiré tu entereza cuando veíamos películas de terror para tratar de contrarrestar las decepciones amorosas en esa suerte de ecuación empírica que inventamos, donde más adrenalina y sentimientos inquietantes significaban distracción del corazón de esa pena. Yo me cubría los ojos para no tener pesadillas después. Pues, sabes que al final no me libré de esa ducha de adrenalina que, en este frío, de paso te endereza la espina dorsal sin tener que ir al quiropráctico. Con un resbalón en el hielo, al mismo tiempo haces estiramiento de párpados prima: te hace abrir los ojos hasta el límite. Por suerte, en el peor resbalón que he tenido no había mucha gente alrededor así que salvé las apariencias. Escríbeme pronto. ¿Cómo está la abuelita? Con mucho cariño, te envío un abrazo desde este frio ajeno. Tu prima.
- Cartas desde allá
Querida tierra donde nací: Vives en mi memoria, en un lugar al que ya raras veces voy. Y al visitarte, se siente como pisar el Badematte después de la ducha: reconfortante, cálido y tierno. Eres ese rincón inexpugnable de los días mentolados de la juventud. Sostienes mis memorias más cristalinas, de cuando aún no me quemaba en la hoguera del mundo. Eres tierra negra, fértil y férrea que ha resistido lo que propios y extraños le han hecho. Estoica. Resiliente. Magnánima. Después de siglos de atropellos, nos sigues dando mangos, papayas, cocos y aguacates tan deliciosos con los que quienes nacen en esta orilla solo pueden soñar. Aun sigues ofreciendo flores para alegrar tristezas, aun sigues sosteniendo a quienes no te han devuelto nada. Toman de ti para sí y no lo comparten ni lo devuelven. Te veo ahora desde lejos y me traspasa la idea de que he visto cómo te has convertido en la perla en la boca de los cerdos. Me dueles en el ahora y me dueles en la memoria. Me duele el saber que nunca pude hacer nada por ti. Me duele no saber si algún día podre hacer algo por ti. He empezado por irme, a ver si así primero puedo hacer algo por mí. Si supieras tu cuan lejos me han llevado mis pies. La tierra de aquí guarda otras historias y otros secretos. Cuenta cuentos grises verdes y rojos. La tierra aquí está gastada, se siente raída, envejecida, descolorida, exhausta. Como que ha bajado los brazos y se ha resignado nada mas a estar. A vernos pisarla. A ver la historia desfilar y esperar a ver lo inevitable pasar. Vienen las estaciones y se van. Te contaré también que a esta tierra le han escrito canciones y le han dedicado versos que ya no se recuerdan ni se dicen. Aquí también la han pisoteado, han tomado todo lo que han podido para sí y no estoy tan segura de si han devuelto algo a cambio. Pienso en lo lejos que he llegado e inevitablemente pienso en ti. Pienso en esta historia que estoy escribiendo ahora desde otro lugar tan distinto, y te abrazo con todas mis fuerzas para que el trajín inútil del día entre trenes amarillos no me arranque los recuerdos tuyos que tengo tatuados en el corazón. Con el tiempo, he olvidado el olor del cilantro recién cortado. Ya no recuerdo el canto del colibrí ni el llamado del vendedor ambulante. Me he hecho el propósito de escribirte mas a menudo, en un intento de no olvidarte. En un intento de contar lo que has sido para mí, lo orgullosa que estoy de haber nacido en tus costas, de haber comido tu comida y haber soñado en tus cielos. Espero que sigas estando tan brillante como te recuerdo. Yo sigo estando tan valiente como me hiciste. Hasta la proxima carta. Tu ciudadana.
- Cartas desde allá
Querido mejor amigo: Empacando para la decimotercera mudanza de mi vida (y ya en el punto de no saber si acumulo tantas cosas porque pienso usarlos algún día o si es para tener de que quejarme cuando me mudo) me encontré esa foto en la que quedaron inmortalizados nuestros 17 años. Me da tanta ternura ver cuánto ha viajado esa foto y cuantas mudanzas me ha acompañado. Y sin embargo, lo irónico es que nuestra amistad solamente resistió a la primera mudanza. En plena era digital, donde se sabe hasta que marca de arena de gato se prefiere, no he vuelto a encontrarte. Al costado nuestro se lee la frase del momento: "Todo en plan costa!!" escrita en letra amarilla. Sentados tu y yo, abrazados en el uniforme del colegio y frente al graderío de la clase, sin más preocupación que aprobar todas las materias del año. Y hasta para eso había una salida de emergencia: los exámenes supletorios de septiembre. El profesor ya entró al salón y nos llamaba, pero para nosotros había aún tiempo para una foto. En el siglo pasado aún no había smartphones, tenías una cámara digital muy de millennial en color plata. "Todo en plan costa!!", la frase del Jôse que se volvió viral en el colegio, cuando el concepto de "viral” todavía no se había inventado. ¿Dónde estará el Jôse? Tú y yo existíamos en lo que ahora se denominaría “modo chill”. Cuando nos juntábamos, parecía que nuestras autodenominadas “disfunciones neurológicas” ralentizaban la velocidad de reproducción de la vida, y finalmente nos daba risa nerviosa. Teníamos el lujo del tiempo. Y ya ahí, me senté en la grada a ver todo el álbum. Y encontré la foto de la hazaña que nos llevó a la gloria (¿Quién se habrá quedado con esa señal de tránsito?). Pasando las páginas del álbum me acordé de la siguiente travesura: Intercambiamos las faldas por los pantalones del uniforme en la plaza central de la ciudad luego de la misa de las 12 pm. Eso, hace 20 años y en una ciudad tan conservadora, católica y cerrada, fue objeto de miradas y cuchicheos. Mientras volvía del sótano al apartamento, pensaba en el momento en que se rompió el hilo que nos unía. Pensaba en ese recuerdo tan impregnado que tengo de ti: ir a comprar unos aretes a la salida del colegio en el mercado local entre risas y consejos para, al día siguiente, tratar de recuperar al entonces “amor de mi vida”. Esto hizo más por mi autoestima que las interminables sesiones de terapia en mis veinte. Ahora que me decidí a cruzar el charco en modo “Todo en plan costa!!” siento mucho más la ausencia del coprotagonista en la película “Mi Historia” parte 1, que tenía un gran potencial de ser un personaje muy importante en la parte 2. Si supieras que haberme encontrado con ese amor de colegio fue el principio del largo camino que me trajo hasta aquí. Si supieras que desde esos años no dejé de aprender alemán. ¡Y si supieras el estilazo que tiene la Gen Z en Berlín! Imagino cómo estaríamos vestidos tu y yo a lo street style y me salió una sonrisa! Ya guardando el álbum en una caja, me he puesto a escuchar a James Kakande un poquito más alto que el Zimmerlautstärke, sin importar que son mas de las diez de la noche. Da igual si ya me estoy mudando. Todo en plan costa!! Besos, Alias Roberta
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