¿A qué huele tu vida? La memoria olfativa en la vida cotidiana
- emrtraducciones
- 17 mar
- 2 Min. de lectura

Por Elizabeth Martínez
A propósito de mi último texto (Duelo climático) vino a mi mente la relación entre nuestra memoria y los olores, y cómo interactuamos con ellos en el día a día. La memoria olfativa cumple un papel fundamental en las emociones humanas. Los olores se procesan en un lugar del cerebro llamado bulbo olfativo, la primera estación de este recorrido, que está conectado directamente con las áreas responsables de las emociones y la memoria. Gracias a esta conexión podemos experimentar y recordar momentos de nuestra vida a través de los olores.
El pasado domingo, después de pasar un entretenido día con amigos junto a una fogata —observando ese fuego hipnótico— disfruté largamente de su aroma, que me transportaba al otro lado del mundo, donde el olor a leña forma parte de la vida cotidiana. Hoy, sin embargo, al despertar, todo fue distinto. Sentir que toda la casa estaba completamente saturada por el olor a humo dejó de ser romántico. La ropa usada yacía en el suelo, casi suplicando zambullirse en la lavadora.
Primero debemos distinguir entre “aroma” y “olor”. El aroma describe algo agradable. Lo asociamos con comida, flores, perfumes, café, etc. Nos evoca bienestar y experiencias positivas. El olor, en cambio, es un término más neutro: indica simplemente que una sustancia es perceptible por el olfato. Puede ser agradable, desagradable o simplemente indiferente.
¿Entonces, cómo pasamos de algo placentero a algo intolerable con el mismo olor? Parte de la explicación es química. Muchas sustancias aromáticas son inestables, y con el tiempo, se degradan generando compuestos malolientes. Las causas de esto pueden ser variadas: oxidación por el aire, acción de la luz o de la humedad, entre otras. Pero los olores no solo dependen de la química. En el cuerpo humano influyen factores genéticos, alimentarios y, por supuesto, los hábitos de higiene. Las bacterias presentes en la piel también desempeñan un papel clave, ya que son responsables de dar ese “toque aromático” al sudor. Nuestra cultura, además, orienta la forma en que interpretamos estos olores. Lo que resulta normal o incluso agradable en un lugar puede percibirse como desagradable en otro.
Esta reflexión ahora me lleva inevitablemente a recordar el libro “El Perfume”, del escritor alemán Patrick Süskind, famoso mundialmente por esta obra. Sin ánimo de hacer spoiler, el libro narra la vida de un hombre con un olfato extremadamente privilegiado pero que, paradójicamente, carece de olor corporal propio. Una historia que invita a pensar hasta qué punto el olor forma parte de nuestra identidad.
Cuando llueve, las calles desprenden un aroma húmedo y se percibe el aire fresco y limpio. Al subir al metro, sin embargo, esto cambia. Se percibe el olor humano impregnando cada centímetro del vagón. Siempre puede haber una explicación para esto —en invierno porque hace frío y en verano porque hace calor—. Lo cierto es que existen olores a los que nuestro olfato nunca termina de acostumbrarse.
Quizá, después de todo, la diferencia entre un aroma y un mal olor no esté solo en la química, sino también en el contexto. Los olores no solo describen el mundo que nos rodea, también habitan nuestro mundo interior. Tal vez, la pregunta más íntima no es si algo huele mal o bien, sino qué historia revela el aroma de nuestra propia vida.








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