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El blog de nuestra comunidad

Consejos, anécdotas y experiencias para acompañarnos en este camino migrante.

Cuando el deporte deja de unir: cómo proteger nuestra humanidad en tiempos de polarización en redes sociales.


Hace apenas unos meses, durante el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, Bad Bunny logró algo poco común: millones de latinoamericanos nos sentimos vistos. Por unos minutos, la conversación giró en torno al orgullo de nuestras raíces, nuestra cultura y nuestra identidad.


Hoy, solo unos meses después, otro gran evento deportivo nos mostró el otro extremo: insultos entre nacionalidades, discursos de odio en redes sociales, violencia verbal entre aficionados e incluso agresiones en estadios y espacios públicos donde miles de personas se reunieron para ver un partido.


Y entonces surge la frase de siempre: "Es solo fútbol. El deporte no es político."


Pero la realidad es que vivimos en una época donde prácticamente todo tiene una dimensión política. Nuestros derechos, nuestra forma de convivir, las conversaciones que tenemos en internet, la información que consumimos y hasta los algoritmos que deciden qué vemos cada día moldean la manera en que interpretamos el mundo.


Eso no significa que debamos convertir cada conversación en una batalla ideológica. Al contrario. Significa que debemos ser mucho más conscientes de cómo ciertos discursos logran infiltrarse poco a poco en nuestra forma de pensar.


También vale la pena recordar que las redes sociales no son un reflejo fiel de la realidad. Yo que llevo años trabajando con las redes sociales, y sí, personalmente agotada por ellas, les recuerdo que los algoritmos están diseñados para mostrarnos aquello que genera más interacción, y pocas cosas producen más clics, comentarios y tiempo de permanencia que la indignación. Por eso, cuando abrimos una publicación, es frecuente encontrar los comentarios más extremos en primer plano. A esto se suma la existencia de cuentas automatizadas (bots), perfiles falsos o usuarios cuya única intención es provocar y polarizar la conversación. Si pasamos suficiente tiempo expuestos a ese contenido, podemos caer en la falsa sensación de que "todo el mundo piensa así", cuando en realidad la mayoría de las personas simplemente vive su vida sin participar en esas discusiones. Por favor, no permitamos que un algoritmo o un puñado de voces estridentes definan nuestra percepción de toda una sociedad o de un país entero.


Ahora bien, vivimos un momento histórico en el que, en muchos países, se cuestionan derechos que parecían seguros. La extrema derecha ha aprendido a utilizar las redes sociales con enorme eficacia para cambiar narrativas, despertar todas estas emociones intensas y normalizar discursos que hace algunos años habrían parecido inaceptables. Siempre me pregunto, ¿En qué momento cambiamos de "Welcome Refugees" y todo de color arcoíris a un odio excesivo a la migración y marcas desertando el apoyo a comunidades LGBTQIA+?

Y además de usar las redes para "normalizar" narrativas, también son usadas como grandes cortinas de humo. Eventos tan masivos como este mundial, además de provocar todo lo que ya estamos viendo, son utilizados como un gran distractor mientras desiciones importantes políticas avanzan lentamente (o rápidamente). Las votaciones de Colombia en manos de la extrema derecha, la Ley de Inviolabilidad de la propiedad privada en Argentina, proyectos como la planta Alemania de amoniaco en Topolobampo, México, las consecuencias devastadoras del terremoto en Venezuela, y no hablo del terremoto en sí, sino de los saqueos, violac1ones a los derechos humanos y al tema de las infancias que solo de pensarlo me da un asco tremendo y así puedo seguir con un sin fin de atropellos que están sucediendo actualmente a nuestra Latinoamérica.


Y es importante que sepamos que ese proceso rara vez comienza con un gran discurso. (Aunque si los hay, mira a Erika Kirk, Donald Trump). Muchas veces, comienza simplemente con un meme, con una simple broma o un comentario aparentemente inofensivo. Pero ojo, también con un video que genera indignación y con una publicación que enfrenta a unos contra otros.


Y poco a poco, esos mensajes encuentran espacio en nuestro subconsciente. Igual que sucede con los prejuicios, empiezan a modificar nuestra percepción de "los otros" hasta que terminamos reaccionando desde el enojo antes que desde la empatía.


Durante estos últimos días hemos visto muchos ejemplos, pero todos reflejan el mismo problema: comentarios despectivos hacia países enteros, declaraciones cargadas de desprecio por parte de figuras públicas, agresiones entre aficionados e incluso actos de violencia completamente injustificables.


Aquí me detengo y pienso: No se trata de señalar una nacionalidad específica. Personas intolerantes existen en todos los países. Así es...en todos. Lo más preocupante aquí es la facilidad con la que el fanatismo nos hace perder la capacidad de ver al otro como un ser humano.


Recuerdo mucho mis clases en la universidad. Yo estudié la carrera de Ciencias de la Comunicación y vemos mucho el tema de la psicología de la comunicación, sociología y teorías de comunicación. La psicología social lleva décadas estudiando este fenómeno. Cuando una persona se identifica profundamente con un grupo, ya sea un equipo de fútbol, una bandera, una ideología o un partido político, es más fácil que aparezca la deshumanización del "otro", ese típico desprecio. El individuo deja de pensar desde su criterio personal y comienza a actuar impulsado por la emoción colectiva. Ahora, ¡agrégale al momento alcohol o sustancias químicas!


Obviamente, en ese estado, comportamientos que normalmente rechazaríamos pueden llegar a parecer más normales e inclusive, aceptables. Y a ver, yo también viví con gran pasión esta copa del mundo; a pesar de mi desagrado frente a la corrupción de la F1F4 o mi desaprobación a situaciones que considero excesivamente capitalistas como cobrar por todo durante el mundial siendo mi país sede. El dinero sólo se quedó de un lado y no fue para mi gente. Al inicio recuerdo sentirme culpable por estar a la distancia, feliz de portar con "orgullo" mi jersey de México mientras en mi país se vivía otra realidad. Estos sentimientos son humanos, son válidos. Una cosa es festejar lo bonito de tu país, de tu cultura, pero también vivirlo sin polarizarnos. Somos seres humanos y no todo puede inclinarse a un sólo lado.


Regresando al tema de los extremos y el fervor deportivo. No es casualidad que muchas de las peores expresiones de violencia ocurran precisamente en contextos de fanatismo. Por eso, creo que vale la pena preguntarnos:


¿Estoy defendiendo a mi país o simplemente estoy alimentando el odio hacia otro?


Hay una enorme diferencia entre sentir orgullo por nuestras raíces y construir nuestra identidad a partir del desprecio hacia los demás.


Como migrantes, esta reflexión cobra todavía más importancia. Vivimos rodeadas de personas de distintas culturas, idiomas e historias. Sabemos muy bien lo que significa ser juzgadas por un pasaporte, un acento o un vil estereotipo. Pero es precisamente por eso que tenemos la oportunidad de romper ese ciclo.


Cinco formas de no caer en la polarización

1. No alimentes al algoritmo con tu enojo. Antes de comentar o compartir una publicación que te hizo enfurecer, pregúntate si realmente aporta algo o si solo aumentará la visibilidad del conflicto.


2. Verifica antes de reaccionar. Muchos videos aparecen fuera de contexto o muestran casos aislados que terminan representando injustamente a millones de personas. No creas todo lo que ves. Entendamos que muchos videos ya están fácilmente manipulados con IA. (Deep fakes)


3. Consume contenido diverso. Si solo escuchamos una versión de la historia, terminamos creyendo que esa es la única realidad. Enfócate a leer medios distintos, escuchar otras voces y conversar con personas diferentes fortalece mucho más nuestro criterio.


4. Recuerda que una persona no representa a un país entero. Un comentario ofensivo nunca define a toda una nación, sin embargo, generalizar sí que alimenta más a los prejuicios.


5. Practica la empatía, incluso cuando no estés de acuerdo. No todo merece una respuesta. A veces, la mayor muestra de fortaleza es no dejar que alguien más decida nuestras emociones.

Al final, el verdadero partido es otro. El deporte debería recordarnos que podemos competir sin dejar de respetarnos y que podemos celebrar nuestras victorias sin humillar a quien perdió. Que el orgullo por nuestra identidad nunca necesita construirse sobre el desprecio hacia la identidad de alguien más.


En una época donde la polarización parece convertirse en la norma, cuidar nuestra capacidad de pensar críticamente, dialogar y mantener la empatía es quizá una de las formas más importantes de resistencia.


Y recuerda que los algoritmos pueden amplificar el odio, pero nosotrxs todavía podemos elegir no reproducirlo.


Y tú, ¿qué opinas?

 
 
 

Comentarios


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