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90 resultados encontrados

  • El tiempo de soltar

    Llegué a octubre tan agotada, que con la más ligera corriente de aire mis fuerzas caían como hojas desprendiéndose de las ramas. Una a una, y en cada una de ellas un intento de seguir construyendo una vida nueva. Tan nueva que ninguna parte de la anterior podría venir. Aunque debo confesar que, sin esa vieja versión, me aterraba descubrir una mujer más pequeña, sin experiencia, verde como las hojas nuevas y con un inmenso miedo de caer de nuevo. Pero no de caer en el otoño, sino de caer al llegar el invierno. Y ahora estoy aquí, a unos días de entregar al fuego las hojas caídas para quemar en él aquello que ya no se puede sostener, para aligerar el peso de las ramas -o debo decir de los brazos, las piernas, la espalda... del alma- para darle lugar a lo que está por nacer. A ti que estás dejando ir hojas y depurando ramas, a ti que reconoces que es el tiempo correcto de renovar el espíritu, a ti que en el reflejo del espejo te vuelvo a encontrar... es hora de adentrarnos en la oscuridad para volver a brillar. Hely C. T. Otoño 2025, Universidad Carlos III de Madrid

  • Rompiendo el silencio: feminismo, migración y literatura

    por Elizabeth Martínez Rosas Una reflexión personal sobre crecer entre mujeres silenciadas, migrar a los 45 años y encontrar la voz en la literatura. ¿Te consideras feminista? Te lo pregunto porque, queramos o no, la palabra feminista todavía incomoda. Para algunas personas suena a pelea, a exageración o a algo que no tiene que ver con ellas. Yo no nací feminista. Y hoy quiero contarte por qué, para mí, terminó teniendo que ver con todo. Imagen generada con IA De las contradicciones al punto de partida Pasé la mayor parte de mi infancia y juventud en La Unión, una ciudad pequeña del sur de Chile. En mi casa se hacía lo que mi padre decía. A medida que crecía, empecé a notar algunas contradicciones. Las mujeres de mi familia habían sido fuertes, pero muchas veces silenciadas. Mi abuela quería estudiar, pero la obligaron a casarse. Aun así, ya casada, logró estudiar enfermería. Mi madre siempre quiso ser profesora y lo consiguió, pero una vez casada dejó de trabajar para criar a sus hijos. La contradicción que marcó el punto de partida de mi aprendizaje feminista llegó antes de que me fuera a estudiar a otra ciudad. Mi padre me dijo: “Hija, estudia, lee, aprende. Para que no dependas de tu marido cuando te cases.” Viniendo de un hombre tan conservador, el consejo no dejaba de ser curioso… 😉 Estudié y me titulé de traductora. Desarrollé un amor enorme por la lectura y una curiosidad aún mayor por aprender. Y aunque formé una familia, nunca me casé, por decisión propia, y soy independiente económicamente. Con los años, mi padre me confesó que, si a él lo hubiesen educado de otra forma, probablemente habría amado de otra forma. Eso también me marcó y fue otro impulso para seguir aprendiendo. Y digo aprendiendo a propósito: siento que aún me falta mucho por recorrer en el camino del feminismo. Es un gran cambio de paradigma que no ocurre de un día para otro, y que tampoco viven igual todas las mujeres. Cuando nacieron mis hijos entendí que tenía una gran responsabilidad. El machismo no solo lo enseñan los hombres: lo aprendemos todas. Y a veces, incluso, lo transmitimos con amor. Yo no quería eso. Quise educarlos para que comprendieran que respetar a las mujeres no es una excepción ni un favor, sino una forma natural de relacionarnos. Silencios migrantes A los 45 años migré a Alemania, cargando mis propios silencios. Durante mis tres primeros años limpié casas, como tantas de nosotras. Así fui testigo —y algunas veces protagonista— de situaciones de discriminación, de acoso y de violencia verbal. Porque a veces, a las mujeres latinoamericanas se nos mira como si lleváramos un cartel que dice: “soy exótica”, “soy sensual”, “estoy disponible”. Y entonces nos damos cuenta de que, aunque hayamos cambiado de continente, aquí también puede repetirse el patriarcado. Si para mí, que sabía alemán, era difícil encontrar las palabras para defenderme, ¿cómo sería para las mujeres que todavía no podían expresarse en esta nueva lengua? Esa pregunta me llevó a enseñar alemán y a formarme para acompañar procesos migratorios y de integración. Son muchos los silencios que atravesamos a lo largo de la vida, pero muchas veces se multiplican cuando migramos: • Una lengua que todavía no dominamos. • Un título que no es reconocido. • Una experiencia profesional que aquí parece no contar. • Una residencia que, en muchos casos, depende de la pareja. • Una maternidad vivida lejos del clan familiar, postergada o simplemente no aceptada. • Una familia que seguimos cuidando a miles de kilómetros y, muchas veces, hijos que se quedaron al otro lado del océano. ¿Qué es, entonces, el feminismo? Durante mucho tiempo pensé que el feminismo era lo contrario del machismo. Craso error. El feminismo no busca cambiar quién se sienta a la cabecera de la mesa. Busca preguntarnos por qué la mesa no es redonda. Para mí, ahí empieza la igualdad. Tampoco existe un solo feminismo. Hay muchos, y aunque no siempre coincidan en todos sus postulados, hay algo que los conecta: la negativa a aceptar que el silencio de las mujeres sea normal. En nuestro caso confluyen tres dimensiones: somos mujeres, migrantes y latinoamericanas. Estas dimensiones se entrelazan y pueden dar lugar a formas particulares de desigualdad. A eso también nos referimos cuando hablamos de interseccionalidad. La literatura: recuperar la voz Feminismo, migración y silencio también se entrelazan en la literatura. Durante siglos, muchas mujeres fueron silenciadas. No se les permitió estudiar, ni escribir, ni publicar, ni firmar con su propio nombre. Y las que lo hicieron, muchas veces pagaron un precio alto. En Latinoamérica, Sor Juana Inés de la Cruz, una mujer mexicana del siglo XVII es una figura fundamental en la defensa del derecho de las mujeres al conocimiento y a la educación. Ella quería estudiar y pensar libremente. Cuando intentaron silenciarla, se defendió escribiendo, casi cien años antes que la inglesa Mary Wollstonecraft defendiera esas mismas ideas en Europa. Hoy su voz sigue vigente. La literatura no solo se escribe: también se lee. Cuando migras, leer puede convertirse en una valiosa herramienta de lucha, en la motivación que necesitas para salir adelante o, simplemente, en un espacio íntimo de reflexión. Aprendemos de la literatura. Nos identificamos con esas escritoras, reconocemos sus silencios y sus experiencias porque, en muchos casos, también son los nuestros. Hay una coincidencia que me fascina. La escritora chilena mapuche Daniela Catrileo, cuya obra también busca recuperar la voz del mapudungun, recibió en junio de 2026, en Berlín, el Premio Anna Seghers. Anna Seghers fue una escritora alemana que huyó del nazismo y vivió exiliada en México. Una alemana exiliada en México. Una chilena mapuche reconocida en Alemania. Y es que la literatura también migra, cambia de idioma y, sobre todo, conecta nuestras historias. Y tú, ¿qué libro escrito por una mujer te ayudó a encontrar tu voz? Cuéntamelo en los comentarios. ----------------------------------------------------------------------------------------- Este texto nace de la charla “Rompiendo el silencio: feminismo y literatura”, que di en la Embajada de México con motivo del aniversario de Latinas en Alemania. https://www.youtube.com/live/EkrMLKFBGjs?si=GyTiBNyZ5J8SHGk-

  • Berlín también es nuestra casa

    El día que llegué a Berlín entendí rápido, a veces a las malas, que aquí todo tiene reglas: separas la basura en cinco botes, el Bürgeramt se reserva con paciencia de santa y la mirada de la señora en el ubahn no tiene escapatoria. Pero tardé un poco más en entender otra cosa: esta ciudad no solo nos recibe; también se construye con nuestras decisiones. Berlín será, para muchas de nosotras, el país donde crezcan nuestras hijas e hijos. El lugar donde irán al Kita, donde aprenderán alemán, español y quizá una mezcla maravillosa de ambos; donde se harán amigas, donde enfrentarán preguntas incómodas sobre su nombre, su acento o sus apellidos dobles. Y donde deberían poder vivir sin que nadie les haga sentir que pertenecen menos. Por eso, cuando tenemos derecho a votar, votar no es un trámite. Es una responsabilidad vital. No porque tengamos que pensar igual ni apoyar una ideología concreta, sino porque participar es una forma de decir: aquí estamos, aquí contribuimos, aquí criamos, aquí trabajamos y aquí también decidimos. Este domingo 20 de septiembre de 2026, Berlín elige un nuevo Parlamento regional (el Abgeordnetenhaus) y nuevas asambleas de distrito, las BVV. Y sí: sé que la papeleta, los nombres y las palabras larguísimas pueden dar más nervios que abrir una carta del Finanzamt. Pero vamos paso a paso, sin pánico y con cafecito (yo el mío lo he hecho de olla hoy). ¿Quién puede votar? Para votar al Parlamento de Berlín necesitas tener ciudadanía alemana, tener al menos 16 años y haber vivido de forma ininterrumpida en Berlín durante al menos tres meses antes de la elección. Para esta convocatoria, eso significa haber tenido residencia en la ciudad desde, como muy tarde, el 20 de junio de 2026. Para votar en la BVV, la asamblea política de tu distrito, como Neukölln, Friedrichshain-Kreuzberg o Pankow, también pueden votar las personas con ciudadanía de otro país de la Unión Europea que tengan al menos 16 años y residan en Berlín. Esto deja fuera a muchas personas migrantes sin ciudadanía alemana ni de otro país de la UE. Es una exclusión democrática real: hay vecinas que trabajan, pagan impuestos, cuidan, emprenden y sostienen esta ciudad, pero no pueden decidir en las urnas. Si tú sí puedes votar, ese derecho pesa todavía más. Y si hoy no puedes, tu voz no desaparece: puedes informarte, conversar, organizarte, apoyar campañas, hacer preguntas a las candidaturas y acompañar a quienes sí tienen papeleta. Porque una cosa es no tener voto; otra muy distinta es no tener poder. Dos cruces, mucho poder En la elección al Parlamento de Berlín hay dos votos, en una sola papeleta: Con la Erststimme (el primer voto) eliges a una persona candidata de tu distrito electoral. Berlín tiene 78 distritos electorales. Con la Zweitstimme (el segundo voto) eliges un partido. Este segundo voto es el que determina principalmente cuántos escaños recibe cada partido en el Parlamento de Berlín. Puedes votar a una candidata concreta con tu primer voto y a otro partido con tu segundo. Sí, amiga: se puede. No es traición, ni drama de telenovela política. Es usar las reglas del sistema con inteligencia. En las elecciones de distrito (las BVV) hay un solo voto para una lista de partido o agrupación electoral. Y aunque a veces parezcan elecciones “pequeñas”, deciden asuntos muy cercanos: prioridades en el barrio, participación local, espacios públicos y vida comunitaria. Votar estratégicamente, sin vender el alma ¡Y ahora vamos a lo jugoso! Votar estratégicamente no quiere decir votar por el partido “perfecto”, porque, seamos honestas, esa criatura mitológica no existe. Significa hacer una pregunta concreta: ¿Qué opción puede proteger mejor los derechos y la dignidad de mi familia, mi comunidad y mi barrio en el contexto político actual? En Berlín, el segundo voto importa especialmente porque los partidos suelen necesitar al menos el 5% de los segundos votos para obtener escaños en el Parlamento regional. Si una fuerza democrática y progresista queda por debajo de ese umbral, normalmente no entra en el reparto de escaños. Los escaños se asignan en proporción a los votos, y el segundo voto tiene un papel central para decidir qué fuerzas tendrán representación. Por eso, antes de votar, vale la pena revisar no solo los eslóganes bonitos, sino las posiciones concretas: ¿Qué propone cada partido frente al racismo y la discriminación? ¿Defiende derechos de las mujeres, acceso a vivienda, escuelas públicas y servicios sociales fuertes? ¿Habla de migración con humanidad o convierte a las personas migrantes en culpables de todo? ¿Qué ha hecho, votado o bloqueado cuando ha tenido poder? ¿Contribuye a una mayoría democrática capaz de frenar a la extrema derecha? No se trata de imponer una opción a nadie. Se trata de reconocer que no todos los partidos plantean lo mismo sobre nuestra seguridad, nuestros derechos y el tipo de ciudad en que crecerán nuestras hijas e hijos. No nos toca quedarnos calladas A veces, como inmigrantes, aprendemos a vivir con el cuerpo un poco encogido: a no hacer demasiado ruido, a agradecer que nos dejen estar, a pensar que la política “es cosa de alemanes”. Pero no, mi gente. Si esta ciudad es nuestra casa, la política también es asunto nuestro. Nuestra participación importa precisamente porque la extrema derecha intenta reducir vidas complejas a una etiqueta: “extranjera”, “inmigrante”, “problema”. Frente a eso, votar, cuando podemos, es una respuesta tranquila pero poderosa: no somos un problema que gestionar; somos vecinas, madres, trabajadoras, estudiantes, emprendedoras, cuidadoras, amigas y parte de Berlín. Nadie debe decirnos por quién votar. Pero sí podemos recordarnos algo: defender la democracia no es una moda ni una etiqueta ideológica. Es proteger la posibilidad de vivir sin miedo, de hablar nuestra lengua, de criar a nuestras hijas e hijos con dignidad y de pertenecer plenamente a la ciudad que ayudamos a sostener. Una cruz que dice: aquí estamos Quizá tu hija todavía es pequeña y no entiende qué significa ir a votar. Quizá te pregunte por qué te arreglas para salir un domingo, o por qué llevas un documento en la bolsa junto al snack y las llaves. Puedes responderle algo sencillo: “Voy a ayudar a decidir cómo será la ciudad donde tú vas a crecer.” No es poca cosa. Es un montón. Así que este 20 de septiembre, si tienes derecho a votar, date ese tiempo. Infórmate. Habla con tus amigas. Revisa la papeleta sin prisa. Piensa en tu barrio, en tu historia, en quienes llegaron antes y en quienes vienen detrás. Pero sobre todo piensa, que ese voto debe protegerte a ti y a tu familia. Aunque muchas veces no estés completamente de acuerdo con esa ideología. Piensa en tu futuro y en el de tus peques y ve a votar, con cabeza y corazón. Porque Berlín nos ha acogido, sí. Pero también es nuestro país de ahora. El país de nuestros afectos, de nuestros impuestos, de nuestras luchas, de nuestras hijas e hijos. Y un país se quiere no solo celebrándolo: también se defiende, se transforma y se vota

  • Cartas desde allá

    Querida primita: Hace frío. Cuando te digo que hace frío, tu pensarás en el frío del páramo a 2.800 metros de altura cuando íbamos a la labor social del programa de la universidad. Después de horas de bus y varios minutos de mula, llegábamos a la sopita con queso local. O te acordarás de esas mañanas cronometradas en las que íbamos a saltos y brincos al colegio. ¿Te acuerdas de esas veces cuando nos poníamos un pantaloncillo de ciclista por debajo de la falda del colegio para tener un poco más de tela entre la banca y nosotras? El chocolate caliente del bar del abrigaba las manos y calmaba el antojo de algo dulce, pero jamás abrigaba las piernas o las ganas de estudiar. Siempre pensé que la falda era una prenda sinsentido para las niñas y jóvenes en edad escolar. Recuerdo que mi día favorito era el viernes porque llevábamos el uniforme de deportes: una se podía sentar en el piso, cruzar las piernas, correr… y además los zapatos de deporte le daban a una un aire de espontaneidad que tengo impregnado hasta el día de hoy. Con esos zapatos sentía que no me podía equivocar, y que podía seguir caminando hasta que ya no haya más calles que caminar. Tampoco es ese frío teñido de esa esperanza rumbera que nos acompañaba las noches que esperábamos en la fila de los clubs con el suspenso de saber cuál sería la conquista de la noche. Tampoco es el frío de cuando nos cayó el aguacero después del almuerzo y solo teníamos los cuadernos de la universidad, porque pensábamos que llevar paraguas en el bolso era cosa de señoras cuarentonas. Este es un frío ajeno, siento claramente que no es mi frío. Es un frío que ha pasado tantas veces por aquí, es un frío viejo, pero para mí es nuevo. Se siente sucio y rancio, cansado de tener que volver cada año, así no quiera, como nosotras íbamos al colegio. Huele añejo, muerde. Te cae como un gaznatón detrás de la puerta: cuando sales a la calle parece que entras al refrigerador. Gracias a él me he enterado que hay partes de mi cuerpo que también están vivas: los bordes de las orejas, el borde de los glúteos, los dedos de los pies y las unas de las manos. Pero también he sentido los bíceps y los gemelos fuera del gimnasio: ¡la ropa pesa! Este frío pone también a prueba la resistencia cardiaca. Recuerdo que siempre admiré tu entereza cuando veíamos películas de terror para tratar de contrarrestar las decepciones amorosas en esa suerte de ecuación empírica que inventamos, donde más adrenalina y sentimientos inquietantes significaban distracción del corazón de esa pena. Yo me cubría los ojos para no tener pesadillas después. Pues, sabes que al final no me libré de esa ducha de adrenalina que, en este frío, de paso te endereza la espina dorsal sin tener que ir al quiropráctico. Con un resbalón en el hielo, al mismo tiempo haces estiramiento de párpados prima: te hace abrir los ojos hasta el límite. Por suerte, en el peor resbalón que he tenido no había mucha gente alrededor así que salvé las apariencias. Escríbeme pronto. ¿Cómo está la abuelita? Con mucho cariño, te envío un abrazo desde este frio ajeno. Tu prima.

  • Cartas desde allá

    Querida tierra donde nací: Vives en mi memoria, en un lugar al que ya raras veces voy. Y al visitarte, se siente como pisar el Badematte después de la ducha: reconfortante, cálido y tierno. Eres ese rincón inexpugnable de los días mentolados de la juventud. Sostienes mis memorias más cristalinas, de cuando aún no me quemaba en la hoguera del mundo. Eres tierra negra, fértil y férrea que ha resistido lo que propios y extraños le han hecho. Estoica. Resiliente. Magnánima. Después de siglos de atropellos, nos sigues dando mangos, papayas, cocos y aguacates tan deliciosos con los que quienes nacen en esta orilla solo pueden soñar. Aun sigues ofreciendo flores para alegrar tristezas, aun sigues sosteniendo a quienes no te han devuelto nada. Toman de ti para sí y no lo comparten ni lo devuelven. Te veo ahora desde lejos y me traspasa la idea de que he visto cómo te has convertido en la perla en la boca de los cerdos. Me dueles en el ahora y me dueles en la memoria. Me duele el saber que nunca pude hacer nada por ti. Me duele no saber si algún día podre hacer algo por ti. He empezado por irme, a ver si así primero puedo hacer algo por mí. Si supieras tu cuan lejos me han llevado mis pies. La tierra de aquí guarda otras historias y otros secretos. Cuenta cuentos grises verdes y rojos. La tierra aquí está gastada, se siente raída, envejecida, descolorida, exhausta. Como que ha bajado los brazos y se ha resignado nada mas a estar. A vernos pisarla. A ver la historia desfilar y esperar a ver lo inevitable pasar. Vienen las estaciones y se van. Te contaré también que a esta tierra le han escrito canciones y le han dedicado versos que ya no se recuerdan ni se dicen. Aquí también la han pisoteado, han tomado todo lo que han podido para sí y no estoy tan segura de si han devuelto algo a cambio. Pienso en lo lejos que he llegado e inevitablemente pienso en ti. Pienso en esta historia que estoy escribiendo ahora desde otro lugar tan distinto, y te abrazo con todas mis fuerzas para que el trajín inútil del día entre trenes amarillos no me arranque los recuerdos tuyos que tengo tatuados en el corazón. Con el tiempo, he olvidado el olor del cilantro recién cortado. Ya no recuerdo el canto del colibrí ni el llamado del vendedor ambulante. Me he hecho el propósito de escribirte mas a menudo, en un intento de no olvidarte. En un intento de contar lo que has sido para mí, lo orgullosa que estoy de haber nacido en tus costas, de haber comido tu comida y haber soñado en tus cielos. Espero que sigas estando tan brillante como te recuerdo. Yo sigo estando tan valiente como me hiciste. Hasta la proxima carta. Tu ciudadana.

  • Cartas desde allá

    Querido mejor amigo: Empacando para la decimotercera mudanza de mi vida (y ya en el punto de no saber si acumulo tantas cosas porque pienso usarlos algún día o si es para tener de que quejarme cuando me mudo) me encontré esa foto en la que quedaron inmortalizados nuestros 17 años. Me da tanta ternura ver cuánto ha viajado esa foto y cuantas mudanzas me ha acompañado. Y sin embargo, lo irónico es que nuestra amistad solamente resistió a la primera mudanza. En plena era digital, donde se sabe hasta que marca de arena de gato se prefiere, no he vuelto a encontrarte. Al costado nuestro se lee la frase del momento: "Todo en plan costa!!" escrita en letra amarilla. Sentados tu y yo, abrazados en el uniforme del colegio y frente al graderío de la clase, sin más preocupación que aprobar todas las materias del año. Y hasta para eso había una salida de emergencia: los exámenes supletorios de septiembre. El profesor ya entró al salón y nos llamaba, pero para nosotros había aún tiempo para una foto. En el siglo pasado aún no había smartphones, tenías una cámara digital muy de millennial en color plata. "Todo en plan costa!!", la frase del Jôse que se volvió viral en el colegio, cuando el concepto de "viral” todavía no se había inventado. ¿Dónde estará el Jôse? Tú y yo existíamos en lo que ahora se denominaría “modo chill”. Cuando nos juntábamos, parecía que nuestras autodenominadas “disfunciones neurológicas” ralentizaban la velocidad de reproducción de la vida, y finalmente nos daba risa nerviosa. Teníamos el lujo del tiempo. Y ya ahí, me senté en la grada a ver todo el álbum. Y encontré la foto de la hazaña que nos llevó a la gloria (¿Quién se habrá quedado con esa señal de tránsito?). Pasando las páginas del álbum me acordé de la siguiente travesura: Intercambiamos las faldas por los pantalones del uniforme en la plaza central de la ciudad luego de la misa de las 12 pm. Eso, hace 20 años y en una ciudad tan conservadora, católica y cerrada, fue objeto de miradas y cuchicheos. Mientras volvía del sótano al apartamento, pensaba en el momento en que se rompió el hilo que nos unía. Pensaba en ese recuerdo tan impregnado que tengo de ti: ir a comprar unos aretes a la salida del colegio en el mercado local entre risas y consejos para, al día siguiente, tratar de recuperar al entonces “amor de mi vida”. Esto hizo más por mi autoestima que las interminables sesiones de terapia en mis veinte. Ahora que me decidí a cruzar el charco en modo “Todo en plan costa!!” siento mucho más la ausencia del coprotagonista en la película “Mi Historia” parte 1, que tenía un gran potencial de ser un personaje muy importante en la parte 2. Si supieras que haberme encontrado con ese amor de colegio fue el principio del largo camino que me trajo hasta aquí. Si supieras que desde esos años no dejé de aprender alemán. ¡Y si supieras el estilazo que tiene la Gen Z en Berlín! Imagino cómo estaríamos vestidos tu y yo a lo street style y me salió una sonrisa! Ya guardando el álbum en una caja, me he puesto a escuchar a James Kakande un poquito más alto que el Zimmerlautstärke, sin importar que son mas de las diez de la noche. Da igual si ya me estoy mudando. Todo en plan costa!! Besos, Alias Roberta

  • El mito del "migrante sufrido": Por qué buscar la excelencia no te quita la humildad.

    Existe una narrativa profundamente arraigada en la comunidad hispanohablante sobre la experiencia migratoria. Un relato que exige rendirle culto constante al pasado, recordar la escasez con devoción y llevar la nostalgia como un carnet de identidad. Bajo esta perspectiva, parece que para ser una persona "humilde" o "auténtica", es obligatorio mirar hacia atrás con añoranza constante y mantener una lealtad emocional al lugar de origen. Sin embargo, cuando el objetivo al emigrar es construir una vida estable, predecible y próspera en un país como Alemania, esta narrativa no solo resulta poco práctica: se convierte en un obstáculo mental. Desde la psicología cognitivo-conductual, la humildad no tiene nada que ver con rendirle tributo al sufrimiento o a las carencias del pasado. La verdadera humildad es la capacidad objetiva de evaluar la realidad, reconocer los propios límites y mantener una actitud constante de aprendizaje y respeto hacia el entorno. Confundir la humildad con el rechazo al progreso o con la obligación de mantener costumbres e ideas de un entorno que ya se dejó atrás es una distorsión cognitiva. Desear una mejor calidad de vida, adaptarse a una cultura eficiente, valorar el orden y enfocar la energía en las metas presentes no es "perder el suelo"; es ejercitar el sentido común y la soberanía personal. Aferrarse ciegamente a los esquemas del lugar de origen por puro sentimentalismo puede ser profundamente perjudicial. A veces, las dinámicas de las que venimos están cargadas de modelos de trabajo ineficientes, dramatismo o resignación ante la desidia. El origen geográfico es un antecedente biográfico (un dato que sirve para trámites administrativos), no un destino ni una carga moral. Pretender que el progreso personal equivale a una "traición a las raíces" es un chantaje emocional que solo alimenta la culpa del migrante y frena la integración real. El verdadero valor de las raíces: El aprendizaje por contraste. Esto no significa negar de dónde se viene. La clave está en cambiar la perspectiva sobre lo que se extrae de ese pasado. Cuando se pregunta qué hay en las raíces que hoy se pueda agradecer, la respuesta más madura y liberadora no siempre es la nostalgia idílica, sino el aprendizaje por contraste. Agradecer haber visto de cerca lo que no se debe hacer si se quiere alcanzar la libertad, la estabilidad y la paz mental es una de las herramientas más potentes de crecimiento. El entorno de origen puede funcionar como un manual explícito de contraejemplos: una guía clara de las mentalidades, hábitos y decisiones que no se deben replicar en la nueva vida. Integrarse en Alemania implica adoptar una mentalidad pragmática, orientada a la resolución de problemas y al alto rendimiento personal. No se trata de olvidar quién eres, sino de decidir activamente en quién te quieres convertir sin pedir disculpas por aspirar a la excelencia. Dejar atrás el drama, soltar la culpa y concentrarse en construir un futuro sólido no te hace menos humana ni menos humilde. Te hace una persona libre, madura y verdaderamente enfocada en su bienestar.

  • Cuando el deporte deja de unir: cómo proteger nuestra humanidad en tiempos de polarización en redes sociales.

    Hace apenas unos meses, durante el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, Bad Bunny logró algo poco común: millones de latinoamericanos nos sentimos vistos. Por unos minutos, la conversación giró en torno al orgullo de nuestras raíces, nuestra cultura y nuestra identidad. Hoy, solo unos meses después, otro gran evento deportivo nos mostró el otro extremo: insultos entre nacionalidades, discursos de odio en redes sociales, violencia verbal entre aficionados e incluso agresiones en estadios y espacios públicos donde miles de personas se reunieron para ver un partido. Y entonces surge la frase de siempre: "Es solo fútbol. El deporte no es político." Pero la realidad es que vivimos en una época donde prácticamente todo tiene una dimensión política. Nuestros derechos, nuestra forma de convivir, las conversaciones que tenemos en internet, la información que consumimos y hasta los algoritmos que deciden qué vemos cada día moldean la manera en que interpretamos el mundo. Eso no significa que debamos convertir cada conversación en una batalla ideológica. Al contrario. Significa que debemos ser mucho más conscientes de cómo ciertos discursos logran infiltrarse poco a poco en nuestra forma de pensar. También vale la pena recordar que las redes sociales no son un reflejo fiel de la realidad. Yo que llevo años trabajando con las redes sociales, y sí, personalmente agotada por ellas, les recuerdo que los algoritmos están diseñados para mostrarnos aquello que genera más interacción, y pocas cosas producen más clics, comentarios y tiempo de permanencia que la indignación. Por eso, cuando abrimos una publicación, es frecuente encontrar los comentarios más extremos en primer plano. A esto se suma la existencia de cuentas automatizadas (bots), perfiles falsos o usuarios cuya única intención es provocar y polarizar la conversación. Si pasamos suficiente tiempo expuestos a ese contenido, podemos caer en la falsa sensación de que "todo el mundo piensa así", cuando en realidad la mayoría de las personas simplemente vive su vida sin participar en esas discusiones. Por favor, no permitamos que un algoritmo o un puñado de voces estridentes definan nuestra percepción de toda una sociedad o de un país entero. Ahora bien, vivimos un momento histórico en el que, en muchos países, se cuestionan derechos que parecían seguros. La extrema derecha ha aprendido a utilizar las redes sociales con enorme eficacia para cambiar narrativas, despertar todas estas emociones intensas y normalizar discursos que hace algunos años habrían parecido inaceptables. Siempre me pregunto, ¿En qué momento cambiamos de "Welcome Refugees" y todo de color arcoíris a un odio excesivo a la migración y marcas desertando el apoyo a comunidades LGBTQIA+? Y además de usar las redes para "normalizar" narrativas, también son usadas como grandes cortinas de humo. Eventos tan masivos como este mundial, además de provocar todo lo que ya estamos viendo, son utilizados como un gran distractor mientras desiciones importantes políticas avanzan lentamente (o rápidamente). Las votaciones de Colombia en manos de la extrema derecha, la Ley de Inviolabilidad de la propiedad privada en Argentina, proyectos como la planta Alemania de amoniaco en Topolobampo, México, las consecuencias devastadoras del terremoto en Venezuela, y no hablo del terremoto en sí, sino de los saqueos, violac1ones a los derechos humanos y al tema de las infancias que solo de pensarlo me da un asco tremendo y así puedo seguir con un sin fin de atropellos que están sucediendo actualmente a nuestra Latinoamérica. Y es importante que sepamos que ese proceso rara vez comienza con un gran discurso. (Aunque si los hay, mira a Erika Kirk, Donald Trump). Muchas veces, comienza simplemente con un meme, con una simple broma o un comentario aparentemente inofensivo. Pero ojo, también con un video que genera indignación y con una publicación que enfrenta a unos contra otros. Y poco a poco, esos mensajes encuentran espacio en nuestro subconsciente. Igual que sucede con los prejuicios, empiezan a modificar nuestra percepción de "los otros" hasta que terminamos reaccionando desde el enojo antes que desde la empatía. Durante estos últimos días hemos visto muchos ejemplos, pero todos reflejan el mismo problema: comentarios despectivos hacia países enteros, declaraciones cargadas de desprecio por parte de figuras públicas, agresiones entre aficionados e incluso actos de violencia completamente injustificables. Aquí me detengo y pienso: No se trata de señalar una nacionalidad específica. Personas intolerantes existen en todos los países. Así es...en todos. Lo más preocupante aquí es la facilidad con la que el fanatismo nos hace perder la capacidad de ver al otro como un ser humano. Recuerdo mucho mis clases en la universidad. Yo estudié la carrera de Ciencias de la Comunicación y vemos mucho el tema de la psicología de la comunicación, sociología y teorías de comunicación. La psicología social lleva décadas estudiando este fenómeno. Cuando una persona se identifica profundamente con un grupo, ya sea un equipo de fútbol, una bandera, una ideología o un partido político, es más fácil que aparezca la deshumanización del "otro", ese típico desprecio. El individuo deja de pensar desde su criterio personal y comienza a actuar impulsado por la emoción colectiva. Ahora, ¡agrégale al momento alcohol o sustancias químicas! Obviamente, en ese estado, comportamientos que normalmente rechazaríamos pueden llegar a parecer más normales e inclusive, aceptables. Y a ver, yo también viví con gran pasión esta copa del mundo; a pesar de mi desagrado frente a la corrupción de la F1F4 o mi desaprobación a situaciones que considero excesivamente capitalistas como cobrar por todo durante el mundial siendo mi país sede. El dinero sólo se quedó de un lado y no fue para mi gente. Al inicio recuerdo sentirme culpable por estar a la distancia, feliz de portar con "orgullo" mi jersey de México mientras en mi país se vivía otra realidad. Estos sentimientos son humanos, son válidos. Una cosa es festejar lo bonito de tu país, de tu cultura, pero también vivirlo sin polarizarnos. Somos seres humanos y no todo puede inclinarse a un sólo lado. Regresando al tema de los extremos y el fervor deportivo. No es casualidad que muchas de las peores expresiones de violencia ocurran precisamente en contextos de fanatismo. Por eso, creo que vale la pena preguntarnos: ¿Estoy defendiendo a mi país o simplemente estoy alimentando el odio hacia otro? Hay una enorme diferencia entre sentir orgullo por nuestras raíces y construir nuestra identidad a partir del desprecio hacia los demás. Como migrantes, esta reflexión cobra todavía más importancia. Vivimos rodeadas de personas de distintas culturas, idiomas e historias. Sabemos muy bien lo que significa ser juzgadas por un pasaporte, un acento o un vil estereotipo. Pero es precisamente por eso que tenemos la oportunidad de romper ese ciclo. Cinco formas de no caer en la polarización 1. No alimentes al algoritmo con tu enojo. Antes de comentar o compartir una publicación que te hizo enfurecer, pregúntate si realmente aporta algo o si solo aumentará la visibilidad del conflicto. 2. Verifica antes de reaccionar. Muchos videos aparecen fuera de contexto o muestran casos aislados que terminan representando injustamente a millones de personas. No creas todo lo que ves. Entendamos que muchos videos ya están fácilmente manipulados con IA. (Deep fakes) 3. Consume contenido diverso. Si solo escuchamos una versión de la historia, terminamos creyendo que esa es la única realidad. Enfócate a leer medios distintos, escuchar otras voces y conversar con personas diferentes fortalece mucho más nuestro criterio. 4. Recuerda que una persona no representa a un país entero. Un comentario ofensivo nunca define a toda una nación, sin embargo, generalizar sí que alimenta más a los prejuicios. 5. Practica la empatía, incluso cuando no estés de acuerdo. No todo merece una respuesta. A veces, la mayor muestra de fortaleza es no dejar que alguien más decida nuestras emociones. Al final, el verdadero partido es otro. El deporte debería recordarnos que podemos competir sin dejar de respetarnos y que podemos celebrar nuestras victorias sin humillar a quien perdió. Que el orgullo por nuestra identidad nunca necesita construirse sobre el desprecio hacia la identidad de alguien más. En una época donde la polarización parece convertirse en la norma, cuidar nuestra capacidad de pensar críticamente, dialogar y mantener la empatía es quizá una de las formas más importantes de resistencia. Y recuerda que los algoritmos pueden amplificar el odio, pero nosotrxs todavía podemos elegir no reproducirlo. Y tú, ¿qué opinas?

  • Un año en Avaaz y una nueva campaña que necesita de nosotras.

    Hace exactamente un año entré a trabajar en Avaaz, una organización que impulsa movimientos ciudadanos a nivel global. Somos más de 120 personas trabajando desde distintos rincones del mundo, unidas por una misma convicción: defender los derechos humanos y el medio ambiente. Desde el primer día sentí una conexión muy especial con esta comunidad. Además, este trabajo llegó a mí gracias a mi querida amiga Nax Lozano: una mujer brillante, con un corazón enorme, que además está detrás de la moderación y seguridad de nuestra comunidad en chats y grupos de Facebook. Durante este año hemos realizado algunas iniciativas que han involucrado a nuestra comunidad, pero una de las cosas más hermosas que he podido observar es su enorme capacidad de solidaridad. He visto cómo se movilizan para apoyar a otras mujeres, a personas que atraviesan situaciones injustas y a comunidades que necesitan ser escuchadas. Me alegra profundamente que esta comunidad refleje valores como la empatía, la unión y el interés por el bienestar colectivo. No solo pensamos en nosotras mismas, sino también en quienes nos rodean y, por supuesto, en las personas que hemos dejado en nuestros países de origen. Por eso hoy quiero compartirles algo que me emociona mucho. Un grupo formado por cuatro mexicanos y mexicanas, una brasileña y una española estamos trabajando para visibilizar y movilizar más campañas que beneficien e impacten positivamente a nuestros países. Ana Sofía, Miguel, Lilian, Inés, Nax y yo (Liz). ¿Cómo funciona Avaaz? Lo explicaré de manera sencilla. En Avaaz existen peticiones ciudadanas que cualquier persona puede crear. Cuando una petición comienza a generar un interés significativo a nivel nacional o internacional, el equipo puede respaldarla con mayor visibilidad y, cuando es estratégico y necesario, incluso con recursos económicos para fortalecer la campaña. Les daré un ejemplo. Justo cuando yo comenzaba a trabajar en Avaaz, la organización apoyó a un grupo de activistas afganas que estaban siendo amenazadas por el régimen talibán. Avaaz colaboró en la búsqueda de asilo para ellas y sus familias en Brasil. Todo el trabajo detrás de una acción así es enorme y bastante complejo. Dentro de Avaaz trabajan especialistas en derechos humanos, incidencia política, geopolítica, activismo digital, comunicación y estrategias de movilización, entre muchas otras áreas. Gracias a ello, las campañas no se limitan a recolectar firmas. De hecho, muchas veces las peticiones logran ejercer presión real sobre gobiernos, instituciones o actores con poder. Les comparto un ejemplo personal. Hace unos ocho meses les pedí apoyo para una campaña relacionada con mi prima. Su exesposo, una persona influyente en su ciudad, había ejercido violencia contra ella y sus hijos, además de amenazar con quitárselos. Gracias al apoyo recibido, la petición llegó a medios de comunicación y generó suficiente presión pública para que él retirara sus amenazas y modificara su comportamiento. Ese es el poder de la movilización ciudadana cuando muchas personas deciden actuar juntas. Y por supuesto, existen las campañas de urgencia global que apoyan a circunstancias de suma injusticia en países como Sudán, Irán, Palestina, o zonas como el Amazonas, etc. Hoy necesitamos su apoyo Nax y yo, junto con el grupo que les mencioné anteriormente, estamos impulsando una campaña para defender la Bahía de Ohuira, en Topolobampo, México. Por eso vuelvo a pedirles su apoyo. Si esta campaña logra generar interés y visibilidad, podremos dar los siguientes pasos: amplificarla en Alemania, traducirla y difundirla en alemán, acercarla a medios de comunicación y construir acciones más grandes que ayuden a ejercer presión internacional. Cada firma cuenta. Cada persona que comparte la campaña ayuda a que más gente conozca lo que está ocurriendo. Por favor, ayúdennos firmando y difundiendo esta petición: www.avaaz.org/ohuira Gracias por leerme. Quería compartir con ustedes el corazón y la razón que hay detrás de una acción como esta, y por qué sigo creyendo que cuando las personas nos organizamos, podemos generar cambios reales. Con cariño, Liz

  • ¿Alemania rompe parejas o sólo acelera lo inevitable? 🇩🇪✈️💔

    Cuando una pareja hispana decide migrar a Alemania, mete en la maleta la ilusión de un futuro mejor. Pero el choque con un sistema híper-pragmático, predecible y directo no sólo cambia sus coordenadas geográficas, sino también su biología y su tablero relacional. Muchos creen que la relación se acabó porque "se enfrió el amor", pero desde la psicología clínica y la Psiconeuroinmunología (PNI), lo que realmente ocurre es un colapso sistémico: 1️⃣ Agotamiento Biológico (Cortisol al límite): El esfuerzo neurocognitivo de adaptarte a un idioma estructurado, la burocracia inflexible y la falta de sol en invierno mantienen tu sistema nervioso en modo "supervivencia". Cuando estás agotado, tu amígdala cerebral se hiperactiva y se drena la empatía. No es que no quieras contener a tu pareja, es que tu cuerpo apenas tiene energía para contener tu propio duelo migratorio. 2️⃣ La Trampa del Triángulo de Karpman: Al perder la red de apoyo familiar, la pareja se aísla de forma simbiótica. Si uno de los dos aprende el idioma más rápido o entiende antes los trámites (Anmeldung, Krankenkasse), asume automáticamente el rol de Salvador. ¿El problema? El Salvador se cansa de cargar con la inadaptación del otro y se vuelve Perseguidor. Quien se queda rezagado se encierra en el "esto es lo que me tocó", asumiendo el rol de Víctima. El amor se transforma en resentimiento. 3️⃣ El Espejo de la Eficiencia: El sistema alemán es neutral: evalúa conductas y resultados, no historias tristes. Muchas personas, al perder su estatus profesional o su identidad previa en este entorno frío, proyectan esa frustración en el cónyuge, exigiéndole la validación que el país exterior no les está dando. La buena noticia: Alemania no rompe parejas. Alemania es un acelerador que expone los roles disfuncionales y las dependencias que ya existían, pero que en nuestro entorno de origen estaban camufladas por la rutina o el apoyo familiar. Si estás viviendo este proceso, la solución no es el drama ni la resignación. La salida es científica: regular el sistema nervioso, desmantelar los roles de dependencia y aprender a comunicarse.

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