El invierno en Europa y la vitamina que no sabía que me faltaba
- Mariana Alba
- hace 5 horas
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Oficialmente, el último día que vi el sol brillar con intensidad fue el 7 de diciembre. Ahí fue cuando comenzó el invierno para mí. Después de eso pasaron los días entre lluvias y nevadas; cada día me sentía más agotada y, aunque durante las noches conciliara el sueño, aquella fatiga extrema no se iba con nada, incluso después de haber descansado lo suficiente.
A esto se sumaban los dolores de cabeza y los calambres en las piernas que no cedían con nada. Y lo que me faltaba: ya era la tercera vez que me enfermaba en menos de un mes.
Además, estaba la dificultad para concentrarme y una sensación general de apatía. Yo le echaba la culpa al estrés de los exámenes, a la nostalgia de las fechas decembrinas y al hecho de tener que pasar la Navidad lejos de casa y de mi familia.
Todos estos síntomas son difusos y, en verdad, podrían ser signo de todo y de nada a la vez. Yo pensaba que eso de la deficiencia de vitamina D no era tan grave y debo admitir que la primera vez que oí hablar de ello pensé que a mí nunca me pasaría.
Pero en una visita al médico por una infección estomacal (la segunda en menos de un mes), el doctor me mandó una analítica de sangre y, en cuanto estuvieron los resultados, ya no cabía duda: me encontraba en deficiencia de vitamina D, con un valor de 18 ng/mL (<20 ng/mL), por debajo de lo que el National Institutes of Health considera normal.
Me han recetado suplementar una cápsula por mes; hasta el momento llevo dos tomas. Y no quisiera yo darle todo el crédito de mis malestares —ni de mis bienestares— a la vitamina D, pero sí es verdad que desde que la tomo a rajatabla, como lo ha mandado el doctor, me he sentido mejor y no me he vuelto a enfermar, lo cual ya es ganancia.
Esta es mi experiencia personal de cómo pasé un mal rato brincando de enfermedad en enfermedad. No es mi intención recomendarte que tomes suplementos de vitamina D sin recomendación ni supervisión médica (ni de vitamina D ni de otra cosa, vaya).
Pero sí es mi intención que, si te has sentido identificada con alguno de los síntomas que comparto aquí, consideres ir a revisión con tu doctor. La deficiencia de vitamina D es relativamente frecuente en personas de Latinoamérica que migran a Europa. Esto se debe principalmente a que damos un giro de 180 grados en nuestro estilo de vida: cambios en la dieta, menos alimentos fortificados y ricos en vitaminas y minerales, y menos exposición a la luz solar diaria —que es la que ayuda a sintetizar esta vitamina—. Pasamos más tiempo en interiores (por trabajo, estudios o simplemente por el clima frío) y, claro, está el hecho de que el sol se mete a las cuatro de la tarde.
Y recuerda siempre que no estás sola en este viaje llamado migración. A veces el cuerpo también resiente los cambios, el clima, la distancia y todo lo que dejamos atrás. Y aunque muchas veces lo atravesamos en silencio, somos muchas las que estamos aprendiendo a habitar nuevos lugares, nuevos inviernos y nuevas versiones de nosotras mismas








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