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Muerte con M de Migrante. Miles de Kilómetros antes del adiós | parte 1


Por Elizabeth Martínez


¿Has perdido a algún ser querido siendo migrante y estando lejos?

Hace dos semanas se cumplió un año de la muerte de mi padre. Llevo diez años viviendo en Alemania y muchas veces me pregunté cómo sería si… algo le pasara a alguien de mi familia. Pongo puntos suspensivos porque, en la realidad, la muerte suele ser un tema invisible, etéreo e incluso ajeno.

Un día, una video llamada me anunció el cáncer de mi padre. Todos sabemos cómo suelen ser los pronósticos cuando aparece esta enfermedad. Nunca tienen una base alentadora, sin embargo, y al mismo tiempo, todos creemos en ese momento que nuestra historia puede ser diferente y nuestras esperanzas se alimentan rápido y crecen a gran velocidad.

Luego del diagnóstico y después de dos meses de exámenes, debió ser internado en una clínica. Ahí comenzó un sin fin de video llamadas y las largas conversaciones con él y con mis hermanos. Un día de enero, a las 13:00 horas en Alemania, una llamada cambia todo. Me comunican que la situación era grave y que el médico tratante me recomendaba viajar inmediatamente, si quería “verlo” con vida. La realidad se cae a pedazos.

Cuatro horas más tarde y con el mínimo de ropa en una maleta de mano comenzaba el viaje más angustiante que hasta ese entonces había experimentado. Si hubiesen pesado todas las emociones guardadas en aquella maleta, lo más probable es que hubiese tenido que pagar sobrepeso.

Nunca estamos preparados para enfrentar la muerte, pero menos lo estamos para enfrentarla desde tan lejos. Los miles de kilómetros que nos separan se transforman en miles de pensamientos que se atropellan unos con otros, intentando imaginar posibilidades, organizando en nuestra mente nuestra llegada, revisando las conexiones, etc.

Sólo con el fin de que los minutos avanzaran aún más rápido y esos miles de kilómetros se esfumasen en el aire, intenté convencerme de que todo estaba bajo control. En realidad, nunca nada lo está. En estos casos, la angustia suele ser nuestra compañera de asiento.  Está ahí, oprimiendo nuestro pecho y recordándonos al mismo tiempo que, aunque sea difícil, debemos respirar profundo, aunque esto sólo se logre entre lágrimas y silencio.

Cerrar los ojos y sumergirse en los miles de recuerdos que vienen a la memoria es lo que trae un poco de paz a las largas horas de vuelo que hay que soportar.

Para mí —y tal vez para muchas— la parte más angustiante fueron los últimos 30 minutos de vuelo, cuando el piloto anunció el descenso y comunicó a los pasajeros que estábamos próximos a aterrizar. La incertidumbre pesaba en mis zapatos.

Tuve la suerte de encontrar aún con vida a mi padre al llegar a la clínica, de poder abrazarlo y decirle lo mucho que lo quería. Dos días después de mi llegada en ese repentino viaje; él partió el suyo, él inició su vuelo.

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