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87 resultados encontrados
- Cartas desde allá
Querida primita: Hace frío. Cuando te digo que hace frío, tu pensarás en el frío del páramo a 2.800 metros de altura cuando íbamos a la labor social del programa de la universidad. Después de horas de bus y varios minutos de mula, llegábamos a la sopita con queso local. O te acordarás de esas mañanas cronometradas en las que íbamos a saltos y brincos al colegio. ¿Te acuerdas de esas veces cuando nos poníamos un pantaloncillo de ciclista por debajo de la falda del colegio para tener un poco más de tela entre la banca y nosotras? El chocolate caliente del bar del abrigaba las manos y calmaba el antojo de algo dulce, pero jamás abrigaba las piernas o las ganas de estudiar. Siempre pensé que la falda era una prenda sinsentido para las niñas y jóvenes en edad escolar. Recuerdo que mi día favorito era el viernes porque llevábamos el uniforme de deportes: una se podía sentar en el piso, cruzar las piernas, correr… y además los zapatos de deporte le daban a una un aire de espontaneidad que tengo impregnado hasta el día de hoy. Con esos zapatos sentía que no me podía equivocar, y que podía seguir caminando hasta que ya no haya más calles que caminar. Tampoco es ese frío teñido de esa esperanza rumbera que nos acompañaba las noches que esperábamos en la fila de los clubs con el suspenso de saber cuál sería la conquista de la noche. Tampoco es el frío de cuando nos cayó el aguacero después del almuerzo y solo teníamos los cuadernos de la universidad, porque pensábamos que llevar paraguas en el bolso era cosa de señoras cuarentonas. Este es un frío ajeno, siento claramente que no es mi frío. Es un frío que ha pasado tantas veces por aquí, es un frío viejo, pero para mí es nuevo. Se siente sucio y rancio, cansado de tener que volver cada año, así no quiera, como nosotras íbamos al colegio. Huele añejo, muerde. Te cae como un gaznatón detrás de la puerta: cuando sales a la calle parece que entras al refrigerador. Gracias a él me he enterado que hay partes de mi cuerpo que también están vivas: los bordes de las orejas, el borde de los glúteos, los dedos de los pies y las unas de las manos. Pero también he sentido los bíceps y los gemelos fuera del gimnasio: ¡la ropa pesa! Este frío pone también a prueba la resistencia cardiaca. Recuerdo que siempre admiré tu entereza cuando veíamos películas de terror para tratar de contrarrestar las decepciones amorosas en esa suerte de ecuación empírica que inventamos, donde más adrenalina y sentimientos inquietantes significaban distracción del corazón de esa pena. Yo me cubría los ojos para no tener pesadillas después. Pues, sabes que al final no me libré de esa ducha de adrenalina que, en este frío, de paso te endereza la espina dorsal sin tener que ir al quiropráctico. Con un resbalón en el hielo, al mismo tiempo haces estiramiento de párpados prima: te hace abrir los ojos hasta el límite. Por suerte, en el peor resbalón que he tenido no había mucha gente alrededor así que salvé las apariencias. Escríbeme pronto. ¿Cómo está la abuelita? Con mucho cariño, te envío un abrazo desde este frio ajeno. Tu prima.
- Cartas desde allá
Querida tierra donde nací: Vives en mi memoria, en un lugar al que ya raras veces voy. Y al visitarte, se siente como pisar el Badematte después de la ducha: reconfortante, cálido y tierno. Eres ese rincón inexpugnable de los días mentolados de la juventud. Sostienes mis memorias más cristalinas, de cuando aún no me quemaba en la hoguera del mundo. Eres tierra negra, fértil y férrea que ha resistido lo que propios y extraños le han hecho. Estoica. Resiliente. Magnánima. Después de siglos de atropellos, nos sigues dando mangos, papayas, cocos y aguacates tan deliciosos con los que quienes nacen en esta orilla solo pueden soñar. Aun sigues ofreciendo flores para alegrar tristezas, aun sigues sosteniendo a quienes no te han devuelto nada. Toman de ti para sí y no lo comparten ni lo devuelven. Te veo ahora desde lejos y me traspasa la idea de que he visto cómo te has convertido en la perla en la boca de los cerdos. Me dueles en el ahora y me dueles en la memoria. Me duele el saber que nunca pude hacer nada por ti. Me duele no saber si algún día podre hacer algo por ti. He empezado por irme, a ver si así primero puedo hacer algo por mí. Si supieras tu cuan lejos me han llevado mis pies. La tierra de aquí guarda otras historias y otros secretos. Cuenta cuentos grises verdes y rojos. La tierra aquí está gastada, se siente raída, envejecida, descolorida, exhausta. Como que ha bajado los brazos y se ha resignado nada mas a estar. A vernos pisarla. A ver la historia desfilar y esperar a ver lo inevitable pasar. Vienen las estaciones y se van. Te contaré también que a esta tierra le han escrito canciones y le han dedicado versos que ya no se recuerdan ni se dicen. Aquí también la han pisoteado, han tomado todo lo que han podido para sí y no estoy tan segura de si han devuelto algo a cambio. Pienso en lo lejos que he llegado e inevitablemente pienso en ti. Pienso en esta historia que estoy escribiendo ahora desde otro lugar tan distinto, y te abrazo con todas mis fuerzas para que el trajín inútil del día entre trenes amarillos no me arranque los recuerdos tuyos que tengo tatuados en el corazón. Con el tiempo, he olvidado el olor del cilantro recién cortado. Ya no recuerdo el canto del colibrí ni el llamado del vendedor ambulante. Me he hecho el propósito de escribirte mas a menudo, en un intento de no olvidarte. En un intento de contar lo que has sido para mí, lo orgullosa que estoy de haber nacido en tus costas, de haber comido tu comida y haber soñado en tus cielos. Espero que sigas estando tan brillante como te recuerdo. Yo sigo estando tan valiente como me hiciste. Hasta la proxima carta. Tu ciudadana.
- Cartas desde allá
Querido mejor amigo: Empacando para la decimotercera mudanza de mi vida (y ya en el punto de no saber si acumulo tantas cosas porque pienso usarlos algún día o si es para tener de que quejarme cuando me mudo) me encontré esa foto en la que quedaron inmortalizados nuestros 17 años. Me da tanta ternura ver cuánto ha viajado esa foto y cuantas mudanzas me ha acompañado. Y sin embargo, lo irónico es que nuestra amistad solamente resistió a la primera mudanza. En plena era digital, donde se sabe hasta que marca de arena de gato se prefiere, no he vuelto a encontrarte. Al costado nuestro se lee la frase del momento: "Todo en plan costa!!" escrita en letra amarilla. Sentados tu y yo, abrazados en el uniforme del colegio y frente al graderío de la clase, sin más preocupación que aprobar todas las materias del año. Y hasta para eso había una salida de emergencia: los exámenes supletorios de septiembre. El profesor ya entró al salón y nos llamaba, pero para nosotros había aún tiempo para una foto. En el siglo pasado aún no había smartphones, tenías una cámara digital muy de millennial en color plata. "Todo en plan costa!!", la frase del Jôse que se volvió viral en el colegio, cuando el concepto de "viral” todavía no se había inventado. ¿Dónde estará el Jôse? Tú y yo existíamos en lo que ahora se denominaría “modo chill”. Cuando nos juntábamos, parecía que nuestras autodenominadas “disfunciones neurológicas” ralentizaban la velocidad de reproducción de la vida, y finalmente nos daba risa nerviosa. Teníamos el lujo del tiempo. Y ya ahí, me senté en la grada a ver todo el álbum. Y encontré la foto de la hazaña que nos llevó a la gloria (¿Quién se habrá quedado con esa señal de tránsito?). Pasando las páginas del álbum me acordé de la siguiente travesura: Intercambiamos las faldas por los pantalones del uniforme en la plaza central de la ciudad luego de la misa de las 12 pm. Eso, hace 20 años y en una ciudad tan conservadora, católica y cerrada, fue objeto de miradas y cuchicheos. Mientras volvía del sótano al apartamento, pensaba en el momento en que se rompió el hilo que nos unía. Pensaba en ese recuerdo tan impregnado que tengo de ti: ir a comprar unos aretes a la salida del colegio en el mercado local entre risas y consejos para, al día siguiente, tratar de recuperar al entonces “amor de mi vida”. Esto hizo más por mi autoestima que las interminables sesiones de terapia en mis veinte. Ahora que me decidí a cruzar el charco en modo “Todo en plan costa!!” siento mucho más la ausencia del coprotagonista en la película “Mi Historia” parte 1, que tenía un gran potencial de ser un personaje muy importante en la parte 2. Si supieras que haberme encontrado con ese amor de colegio fue el principio del largo camino que me trajo hasta aquí. Si supieras que desde esos años no dejé de aprender alemán. ¡Y si supieras el estilazo que tiene la Gen Z en Berlín! Imagino cómo estaríamos vestidos tu y yo a lo street style y me salió una sonrisa! Ya guardando el álbum en una caja, me he puesto a escuchar a James Kakande un poquito más alto que el Zimmerlautstärke, sin importar que son mas de las diez de la noche. Da igual si ya me estoy mudando. Todo en plan costa!! Besos, Alias Roberta
- El mito del "migrante sufrido": Por qué buscar la excelencia no te quita la humildad.
Existe una narrativa profundamente arraigada en la comunidad hispanohablante sobre la experiencia migratoria. Un relato que exige rendirle culto constante al pasado, recordar la escasez con devoción y llevar la nostalgia como un carnet de identidad. Bajo esta perspectiva, parece que para ser una persona "humilde" o "auténtica", es obligatorio mirar hacia atrás con añoranza constante y mantener una lealtad emocional al lugar de origen. Sin embargo, cuando el objetivo al emigrar es construir una vida estable, predecible y próspera en un país como Alemania, esta narrativa no solo resulta poco práctica: se convierte en un obstáculo mental. Desde la psicología cognitivo-conductual, la humildad no tiene nada que ver con rendirle tributo al sufrimiento o a las carencias del pasado. La verdadera humildad es la capacidad objetiva de evaluar la realidad, reconocer los propios límites y mantener una actitud constante de aprendizaje y respeto hacia el entorno. Confundir la humildad con el rechazo al progreso o con la obligación de mantener costumbres e ideas de un entorno que ya se dejó atrás es una distorsión cognitiva. Desear una mejor calidad de vida, adaptarse a una cultura eficiente, valorar el orden y enfocar la energía en las metas presentes no es "perder el suelo"; es ejercitar el sentido común y la soberanía personal. Aferrarse ciegamente a los esquemas del lugar de origen por puro sentimentalismo puede ser profundamente perjudicial. A veces, las dinámicas de las que venimos están cargadas de modelos de trabajo ineficientes, dramatismo o resignación ante la desidia. El origen geográfico es un antecedente biográfico (un dato que sirve para trámites administrativos), no un destino ni una carga moral. Pretender que el progreso personal equivale a una "traición a las raíces" es un chantaje emocional que solo alimenta la culpa del migrante y frena la integración real. El verdadero valor de las raíces: El aprendizaje por contraste. Esto no significa negar de dónde se viene. La clave está en cambiar la perspectiva sobre lo que se extrae de ese pasado. Cuando se pregunta qué hay en las raíces que hoy se pueda agradecer, la respuesta más madura y liberadora no siempre es la nostalgia idílica, sino el aprendizaje por contraste. Agradecer haber visto de cerca lo que no se debe hacer si se quiere alcanzar la libertad, la estabilidad y la paz mental es una de las herramientas más potentes de crecimiento. El entorno de origen puede funcionar como un manual explícito de contraejemplos: una guía clara de las mentalidades, hábitos y decisiones que no se deben replicar en la nueva vida. Integrarse en Alemania implica adoptar una mentalidad pragmática, orientada a la resolución de problemas y al alto rendimiento personal. No se trata de olvidar quién eres, sino de decidir activamente en quién te quieres convertir sin pedir disculpas por aspirar a la excelencia. Dejar atrás el drama, soltar la culpa y concentrarse en construir un futuro sólido no te hace menos humana ni menos humilde. Te hace una persona libre, madura y verdaderamente enfocada en su bienestar.
- Cuando el deporte deja de unir: cómo proteger nuestra humanidad en tiempos de polarización en redes sociales.
Hace apenas unos meses, durante el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, Bad Bunny logró algo poco común: millones de latinoamericanos nos sentimos vistos. Por unos minutos, la conversación giró en torno al orgullo de nuestras raíces, nuestra cultura y nuestra identidad. Hoy, solo unos meses después, otro gran evento deportivo nos mostró el otro extremo: insultos entre nacionalidades, discursos de odio en redes sociales, violencia verbal entre aficionados e incluso agresiones en estadios y espacios públicos donde miles de personas se reunieron para ver un partido. Y entonces surge la frase de siempre: "Es solo fútbol. El deporte no es político." Pero la realidad es que vivimos en una época donde prácticamente todo tiene una dimensión política. Nuestros derechos, nuestra forma de convivir, las conversaciones que tenemos en internet, la información que consumimos y hasta los algoritmos que deciden qué vemos cada día moldean la manera en que interpretamos el mundo. Eso no significa que debamos convertir cada conversación en una batalla ideológica. Al contrario. Significa que debemos ser mucho más conscientes de cómo ciertos discursos logran infiltrarse poco a poco en nuestra forma de pensar. También vale la pena recordar que las redes sociales no son un reflejo fiel de la realidad. Yo que llevo años trabajando con las redes sociales, y sí, personalmente agotada por ellas, les recuerdo que los algoritmos están diseñados para mostrarnos aquello que genera más interacción, y pocas cosas producen más clics, comentarios y tiempo de permanencia que la indignación. Por eso, cuando abrimos una publicación, es frecuente encontrar los comentarios más extremos en primer plano. A esto se suma la existencia de cuentas automatizadas (bots), perfiles falsos o usuarios cuya única intención es provocar y polarizar la conversación. Si pasamos suficiente tiempo expuestos a ese contenido, podemos caer en la falsa sensación de que "todo el mundo piensa así", cuando en realidad la mayoría de las personas simplemente vive su vida sin participar en esas discusiones. Por favor, no permitamos que un algoritmo o un puñado de voces estridentes definan nuestra percepción de toda una sociedad o de un país entero. Ahora bien, vivimos un momento histórico en el que, en muchos países, se cuestionan derechos que parecían seguros. La extrema derecha ha aprendido a utilizar las redes sociales con enorme eficacia para cambiar narrativas, despertar todas estas emociones intensas y normalizar discursos que hace algunos años habrían parecido inaceptables. Siempre me pregunto, ¿En qué momento cambiamos de "Welcome Refugees" y todo de color arcoíris a un odio excesivo a la migración y marcas desertando el apoyo a comunidades LGBTQIA+? Y además de usar las redes para "normalizar" narrativas, también son usadas como grandes cortinas de humo. Eventos tan masivos como este mundial, además de provocar todo lo que ya estamos viendo, son utilizados como un gran distractor mientras desiciones importantes políticas avanzan lentamente (o rápidamente). Las votaciones de Colombia en manos de la extrema derecha, la Ley de Inviolabilidad de la propiedad privada en Argentina, proyectos como la planta Alemania de amoniaco en Topolobampo, México, las consecuencias devastadoras del terremoto en Venezuela, y no hablo del terremoto en sí, sino de los saqueos, violac1ones a los derechos humanos y al tema de las infancias que solo de pensarlo me da un asco tremendo y así puedo seguir con un sin fin de atropellos que están sucediendo actualmente a nuestra Latinoamérica. Y es importante que sepamos que ese proceso rara vez comienza con un gran discurso. (Aunque si los hay, mira a Erika Kirk, Donald Trump). Muchas veces, comienza simplemente con un meme, con una simple broma o un comentario aparentemente inofensivo. Pero ojo, también con un video que genera indignación y con una publicación que enfrenta a unos contra otros. Y poco a poco, esos mensajes encuentran espacio en nuestro subconsciente. Igual que sucede con los prejuicios, empiezan a modificar nuestra percepción de "los otros" hasta que terminamos reaccionando desde el enojo antes que desde la empatía. Durante estos últimos días hemos visto muchos ejemplos, pero todos reflejan el mismo problema: comentarios despectivos hacia países enteros, declaraciones cargadas de desprecio por parte de figuras públicas, agresiones entre aficionados e incluso actos de violencia completamente injustificables. Aquí me detengo y pienso: No se trata de señalar una nacionalidad específica. Personas intolerantes existen en todos los países. Así es...en todos. Lo más preocupante aquí es la facilidad con la que el fanatismo nos hace perder la capacidad de ver al otro como un ser humano. Recuerdo mucho mis clases en la universidad. Yo estudié la carrera de Ciencias de la Comunicación y vemos mucho el tema de la psicología de la comunicación, sociología y teorías de comunicación. La psicología social lleva décadas estudiando este fenómeno. Cuando una persona se identifica profundamente con un grupo, ya sea un equipo de fútbol, una bandera, una ideología o un partido político, es más fácil que aparezca la deshumanización del "otro", ese típico desprecio. El individuo deja de pensar desde su criterio personal y comienza a actuar impulsado por la emoción colectiva. Ahora, ¡agrégale al momento alcohol o sustancias químicas! Obviamente, en ese estado, comportamientos que normalmente rechazaríamos pueden llegar a parecer más normales e inclusive, aceptables. Y a ver, yo también viví con gran pasión esta copa del mundo; a pesar de mi desagrado frente a la corrupción de la F1F4 o mi desaprobación a situaciones que considero excesivamente capitalistas como cobrar por todo durante el mundial siendo mi país sede. El dinero sólo se quedó de un lado y no fue para mi gente. Al inicio recuerdo sentirme culpable por estar a la distancia, feliz de portar con "orgullo" mi jersey de México mientras en mi país se vivía otra realidad. Estos sentimientos son humanos, son válidos. Una cosa es festejar lo bonito de tu país, de tu cultura, pero también vivirlo sin polarizarnos. Somos seres humanos y no todo puede inclinarse a un sólo lado. Regresando al tema de los extremos y el fervor deportivo. No es casualidad que muchas de las peores expresiones de violencia ocurran precisamente en contextos de fanatismo. Por eso, creo que vale la pena preguntarnos: ¿Estoy defendiendo a mi país o simplemente estoy alimentando el odio hacia otro? Hay una enorme diferencia entre sentir orgullo por nuestras raíces y construir nuestra identidad a partir del desprecio hacia los demás. Como migrantes, esta reflexión cobra todavía más importancia. Vivimos rodeadas de personas de distintas culturas, idiomas e historias. Sabemos muy bien lo que significa ser juzgadas por un pasaporte, un acento o un vil estereotipo. Pero es precisamente por eso que tenemos la oportunidad de romper ese ciclo. Cinco formas de no caer en la polarización 1. No alimentes al algoritmo con tu enojo. Antes de comentar o compartir una publicación que te hizo enfurecer, pregúntate si realmente aporta algo o si solo aumentará la visibilidad del conflicto. 2. Verifica antes de reaccionar. Muchos videos aparecen fuera de contexto o muestran casos aislados que terminan representando injustamente a millones de personas. No creas todo lo que ves. Entendamos que muchos videos ya están fácilmente manipulados con IA. (Deep fakes) 3. Consume contenido diverso. Si solo escuchamos una versión de la historia, terminamos creyendo que esa es la única realidad. Enfócate a leer medios distintos, escuchar otras voces y conversar con personas diferentes fortalece mucho más nuestro criterio. 4. Recuerda que una persona no representa a un país entero. Un comentario ofensivo nunca define a toda una nación, sin embargo, generalizar sí que alimenta más a los prejuicios. 5. Practica la empatía, incluso cuando no estés de acuerdo. No todo merece una respuesta. A veces, la mayor muestra de fortaleza es no dejar que alguien más decida nuestras emociones. Al final, el verdadero partido es otro. El deporte debería recordarnos que podemos competir sin dejar de respetarnos y que podemos celebrar nuestras victorias sin humillar a quien perdió. Que el orgullo por nuestra identidad nunca necesita construirse sobre el desprecio hacia la identidad de alguien más. En una época donde la polarización parece convertirse en la norma, cuidar nuestra capacidad de pensar críticamente, dialogar y mantener la empatía es quizá una de las formas más importantes de resistencia. Y recuerda que los algoritmos pueden amplificar el odio, pero nosotrxs todavía podemos elegir no reproducirlo. Y tú, ¿qué opinas?
- Un año en Avaaz y una nueva campaña que necesita de nosotras.
Hace exactamente un año entré a trabajar en Avaaz, una organización que impulsa movimientos ciudadanos a nivel global. Somos más de 120 personas trabajando desde distintos rincones del mundo, unidas por una misma convicción: defender los derechos humanos y el medio ambiente. Desde el primer día sentí una conexión muy especial con esta comunidad. Además, este trabajo llegó a mí gracias a mi querida amiga Nax Lozano: una mujer brillante, con un corazón enorme, que además está detrás de la moderación y seguridad de nuestra comunidad en chats y grupos de Facebook. Durante este año hemos realizado algunas iniciativas que han involucrado a nuestra comunidad, pero una de las cosas más hermosas que he podido observar es su enorme capacidad de solidaridad. He visto cómo se movilizan para apoyar a otras mujeres, a personas que atraviesan situaciones injustas y a comunidades que necesitan ser escuchadas. Me alegra profundamente que esta comunidad refleje valores como la empatía, la unión y el interés por el bienestar colectivo. No solo pensamos en nosotras mismas, sino también en quienes nos rodean y, por supuesto, en las personas que hemos dejado en nuestros países de origen. Por eso hoy quiero compartirles algo que me emociona mucho. Un grupo formado por cuatro mexicanos y mexicanas, una brasileña y una española estamos trabajando para visibilizar y movilizar más campañas que beneficien e impacten positivamente a nuestros países. Ana Sofía, Miguel, Lilian, Inés, Nax y yo (Liz). ¿Cómo funciona Avaaz? Lo explicaré de manera sencilla. En Avaaz existen peticiones ciudadanas que cualquier persona puede crear. Cuando una petición comienza a generar un interés significativo a nivel nacional o internacional, el equipo puede respaldarla con mayor visibilidad y, cuando es estratégico y necesario, incluso con recursos económicos para fortalecer la campaña. Les daré un ejemplo. Justo cuando yo comenzaba a trabajar en Avaaz, la organización apoyó a un grupo de activistas afganas que estaban siendo amenazadas por el régimen talibán. Avaaz colaboró en la búsqueda de asilo para ellas y sus familias en Brasil. Todo el trabajo detrás de una acción así es enorme y bastante complejo. Dentro de Avaaz trabajan especialistas en derechos humanos, incidencia política, geopolítica, activismo digital, comunicación y estrategias de movilización, entre muchas otras áreas. Gracias a ello, las campañas no se limitan a recolectar firmas. De hecho, muchas veces las peticiones logran ejercer presión real sobre gobiernos, instituciones o actores con poder. Les comparto un ejemplo personal. Hace unos ocho meses les pedí apoyo para una campaña relacionada con mi prima. Su exesposo, una persona influyente en su ciudad, había ejercido violencia contra ella y sus hijos, además de amenazar con quitárselos. Gracias al apoyo recibido, la petición llegó a medios de comunicación y generó suficiente presión pública para que él retirara sus amenazas y modificara su comportamiento. Ese es el poder de la movilización ciudadana cuando muchas personas deciden actuar juntas. Y por supuesto, existen las campañas de urgencia global que apoyan a circunstancias de suma injusticia en países como Sudán, Irán, Palestina, o zonas como el Amazonas, etc. Hoy necesitamos su apoyo Nax y yo, junto con el grupo que les mencioné anteriormente, estamos impulsando una campaña para defender la Bahía de Ohuira, en Topolobampo, México. Por eso vuelvo a pedirles su apoyo. Si esta campaña logra generar interés y visibilidad, podremos dar los siguientes pasos: amplificarla en Alemania, traducirla y difundirla en alemán, acercarla a medios de comunicación y construir acciones más grandes que ayuden a ejercer presión internacional. Cada firma cuenta. Cada persona que comparte la campaña ayuda a que más gente conozca lo que está ocurriendo. Por favor, ayúdennos firmando y difundiendo esta petición: www.avaaz.org/ohuira Gracias por leerme. Quería compartir con ustedes el corazón y la razón que hay detrás de una acción como esta, y por qué sigo creyendo que cuando las personas nos organizamos, podemos generar cambios reales. Con cariño, Liz
- ¿Alemania rompe parejas o sólo acelera lo inevitable? 🇩🇪✈️💔
Cuando una pareja hispana decide migrar a Alemania, mete en la maleta la ilusión de un futuro mejor. Pero el choque con un sistema híper-pragmático, predecible y directo no sólo cambia sus coordenadas geográficas, sino también su biología y su tablero relacional. Muchos creen que la relación se acabó porque "se enfrió el amor", pero desde la psicología clínica y la Psiconeuroinmunología (PNI), lo que realmente ocurre es un colapso sistémico: 1️⃣ Agotamiento Biológico (Cortisol al límite): El esfuerzo neurocognitivo de adaptarte a un idioma estructurado, la burocracia inflexible y la falta de sol en invierno mantienen tu sistema nervioso en modo "supervivencia". Cuando estás agotado, tu amígdala cerebral se hiperactiva y se drena la empatía. No es que no quieras contener a tu pareja, es que tu cuerpo apenas tiene energía para contener tu propio duelo migratorio. 2️⃣ La Trampa del Triángulo de Karpman: Al perder la red de apoyo familiar, la pareja se aísla de forma simbiótica. Si uno de los dos aprende el idioma más rápido o entiende antes los trámites (Anmeldung, Krankenkasse), asume automáticamente el rol de Salvador. ¿El problema? El Salvador se cansa de cargar con la inadaptación del otro y se vuelve Perseguidor. Quien se queda rezagado se encierra en el "esto es lo que me tocó", asumiendo el rol de Víctima. El amor se transforma en resentimiento. 3️⃣ El Espejo de la Eficiencia: El sistema alemán es neutral: evalúa conductas y resultados, no historias tristes. Muchas personas, al perder su estatus profesional o su identidad previa en este entorno frío, proyectan esa frustración en el cónyuge, exigiéndole la validación que el país exterior no les está dando. La buena noticia: Alemania no rompe parejas. Alemania es un acelerador que expone los roles disfuncionales y las dependencias que ya existían, pero que en nuestro entorno de origen estaban camufladas por la rutina o el apoyo familiar. Si estás viviendo este proceso, la solución no es el drama ni la resignación. La salida es científica: regular el sistema nervioso, desmantelar los roles de dependencia y aprender a comunicarse.
- Celebrar la No-Maternidad
Sé que no necesito permiso para contar mi propia historia. Por eso hoy después de trabajo terapéutico puesto en práctica, muestro lo bien que se siente: Fui criada en un hogar con muchas contradicciones. Con dos figuras de autoridad que mantenían una guerra de poderes, donde decirle que Sí a uno era desobedecer al otro, donde mostrar afecto o preferencia por uno era traicionar al otro. Donde uno me utilizaba como escudo contra la rabia del otro, y donde el otro me utilizaba como soporte físico y emocional sin tener discapacidad de ningún tipo, sólo se acostumbró a depender. Al cumplir la mayoría de edad y recién graduarme de bachillerato, escuché esta frase de sentencia-condena: “Cuando Ana trabaje, nos mudamos de aquí”. Lo dijo la misma persona que trabajó muy poco, otros adultos le resolvían sus diligencias y pagaban hasta la crianza de sus hijos porque “por culpa de Fulano y Mengano yo no he logrado nada”. Yo no era una hija, era un Proyecto de Inversión a largo plazo. Es decir, cualquier cosa que yo quisiera con mi futuro sueldo: ropa, zapatos, algún gusto, sería imposible porque ya me habían asignado como la nueva proveedora, sin consultarme. No es casualidad o mala suerte que, desde los 14 años de edad, tengo Artritis Reumatoidea. Y para quienes quieran decirme: “Dices todo eso pero después quizás esperes alguna herencia”… Esta es mi verdadera herencia: una enfermedad autoinmune por estrés, manipulación y desvalorización. La verdadera herencia es la Programación Inconsciente, no el dinero, las casas ni nada más. Si el ejemplo de maternidad que vi fue este: “dejé la universidad que era mi sueño, para tenerte a ti”, “me quité la comida de la boca (comida que no compró porque eligió depender de otros) para dártela a ti”, “ten hijos para no quedarte sola”, “cuando seas mayor de edad serás la curadora legal de tu hermana porque no sé que pueda pasarme a mí (parentificación y robo de futura adultez)”… ¿Con qué ganas voy a invertir tiempo y dinero en alguien más que no sea yo? Hoy aunque todavía tengo asuntos puntuales en resolución, puedo decir que celebro el hecho de haber sido el cortafuegos de tanta “mala vida” en mi linaje. Y también el hecho de haber elegido como esposo a alguien que tampoco quiere tener hijos. Y si alguien va a comentar algo como esto: “Una madre mantiene diez hijos, pero diez hijos no mantienen una madre”, o “primero los crían y después los hijos esperan recibir herencia”: ¿Esa madre eligió tenerlos, o la obligaron? ¿Esa madre los mantuvo, o sólo gestionó recursos de otros y vivió de excusas? ¿Esa madre crió hijos, o futuros proveedores sin derecho de elegir cómo gestionar sus futuros recursos? ¿Esa madre tuvo una vida de la que sus hijos se sienten orgullosos hoy, o sólo sigue inspirando lástima y/o resentimiento? Desde hace tres años y medio vivo en Alemania, construyendo la vida que realmente quiero y con quien quiero, libre de imposiciones y manipulaciones, sin hijos biológicos pero con muchos proyectos que suman y apoyar, desde mi profesión en salud mental, a otras personas.
- Alemania ha sido mi oasis de paz
Llegué a este país sola con mis hijos, una maleta cada uno y la esperanza de empezar una vida sin miedo. No teníamos red de apoyo. Solo nosotros tres. Vengo de Venezuela. Todos sabemos la crisis política, social y económica que vive Venezuela, pero además de todo eso, yo estaba rota. Por 7 años viví con un narcisista que casi me quita la vida y logré sobrevivir. Escribo estas palabras porque sé que en Alemania muchas mujeres latinas están en relaciones abusivas. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que llevan años así y no piden ayuda hasta que es demasiado tarde. Los patrones que llevamos sin saberlo En Latinoamérica es común ver relaciones machistas, donde el hombre se impone. Si creciste en un ambiente así, puedes estar repitiendo patrones inconscientes sin darte cuenta. Y hay algo más que pasa al migrar: muchas latinas idealizan al hombre europeo. Piensan que por ser de aquí va a ser distinto, más respetuoso, más equilibrado. Y muchos de ellos lo saben. Saben que llegamos solas, vulnerables, sin red, queriendo creer que esta vez sí. Y se aprovechan de eso. Puede ser más de lo mismo con diferente nacionalidad, e incluso peor. La violencia financiera, el quitarte el pasaporte, el amenazarte con los niños, todo eso también es violencia. En mi caso no fue un europeo, pero eso no es cuestión de nacionalidad, es cuestión de personalidad, de traumas, de problemas mentales, no lo sé. Lo que sí sé es que los hay en todo el mundo. No necesitas un salvador El hombre te ofrece villas y castillos. Te dice que se encargará de todo, te lleva a su casa. Tú eres extranjera, vulnerable, te sientes desvalida. Eso te hace presa fácil. Pero escúchame bien: no necesitas un salvador. No necesitas que nadie se encargue de ti. Solotú puedes y debes hacer eso. Cuando una mujer entiende que tiene que empoderarse, tomar las riendas de su vida y huir del "salvador", deja de ser presa fácil para este tipo de hombres. El verdadero trabajo viene después Yo pensaba que el problema era él. Que era manipulador, que era cruel, que era enfermo. Y todo eso era verdad. Pero esa verdad no me liberó. Me mantuvo girando alrededor de él durante años, viviendo en el modo víctima. Entendí que no se trataba de él, se trataba de mí. De los patrones que aprendí, de lo que vi, de lo que viví, de lo que estaba programado en mi subconsciente. Si no entendemos qué nos llevó a aceptar lo que aceptamos, lo repetimos. Por eso es tan importante mirar hacia adentro, no solo hacia afuera. A estas conclusiones llegué sola, leyendo. Me llevó muchos años, y sanarlo también. Leí mucho a Joe Dispenza (todos sus libros), "La biología de la creencia" de Bruce Lipton, libros de Gregg Braden y otros autores. Entendí que todo está en uno mismo, no afuera. La decisión de cambiar es individual. No podemos cambiar a nadie, solo a nosotros. No puedes controlar lo que hagan los demás, pero sí lo que haces tú, lo que piensas tú, cómo te hablas, cómo eliges. Nadie quiere ver sus sombras. Pero cuando logras identificarlas, no vuelves a caer. Entendí que no se trataba de él, se trataba de mí. De los patrones que aprendí, de lo que vi, de lo que viví, de lo que estaba programado en mi subconsciente. Si no entendemos qué nos llevó a aceptar lo que aceptamos, lo repetimos. Por eso es tan importante mirar hacia adentro, no solo hacia afuera. Las mujeres tenemos una herida generacional de silencio. Por años nos han mantenido calladas y sumisas, y no sé si eso va pasando de generación en generación: "no digas nada", "calladita te ves más bonita", "es tu marido, le debes respeto", "mantén el matrimonio, es el padre de tus hijos, no lo puedes denunciar". Y así pasan los años. Las primeras que dicen eso son las mamás a las hijas. Y si ese es el ejemplo, imagínate. Cada mujer debe tomar las riendas de su vida. Aprender una profesión o un oficio que le dé ingresos. No depender de nadie. Cuidar y proteger a sus hijos. Y hablar. Denunciar. No pueden seguir callando. El mundo está lleno de familias rotas, niños traumatizados, adolescentes solos. Y después dicen que no saben por qué son así. Las señales y la acción En Alemania, las cifras de violencia contra mujeres migrantes son altas. Lo dicen los reportes, lo dicen las trabajadoras sociales. Son cifras importantes que hay que conocer y nombrar. No quieras ser parte de las estadísticas. Toma acción antes de que sea demasiado tarde, porque ellos no atacan de un día para otro: dan señales claras. Identifica las señales y apártate. ¿No tienes a dónde ir? En Alemania siempre hay a dónde ir. ¿Y sabes algo? Cuando llegamos, llegamos a un refugio. Sí, de esos que todos dicen que son horribles y mil cosas más. Escuchaba a la gente quejarse. Yo solo podía pensar: GRACIAS. Tengo un techo, comida, seguridad y paz. Por fin puedo dormir. Después de años, pude dormir. Quítale el poder En este país hay lugares de apoyo, refugios, leyes. No te quedes callada. Él te quiere callada, sumisa. Quítale el poder. Tú eres la única dueña de tu vida. No permitas que te anule. Por eso le debo tanto a este país. Alemania me dio lo que por años busqué. Sí, son burocráticos, exigentes. No me importa. Hago lo que necesiten que haga, cumplo con lo que me piden. Son sus reglas. Y gracias a ellas hoy estoy aquí escribiendo esto. Después de 10 años de haber sobrevivido a esa relación que marcó mi vida, decidí contar mi historia, para desde mi experiencia ayudar a todas aquellas mujeres con las que resuene. No se trata de feminismo, ni de narcisismo. Se trata de ti. Adriana C es autora del libro "La Llamada de Atención: Una historia real de abuso narcisista y transformación personal", disponible en Amazon en formato Kindle y tapa blanda.
- HABITAR LA DISTANCIA; integrarse sin pertenecer
“La mujer detrás del mostrador cambia al inglés en cuanto detecta mi acento. No lo hace para ser descortés, sino por eficiencia. Quiere avanzar, resolver, cerrar la interacción. Yo asiento, respondo, sigo el ritmo. Todo funciona. Todo está en orden. Respondo en inglés casi por inercia, pensando que así facilitamos en intercambio. Y, sin embargo, en ese gesto mínimo, algo se vuelve evidente: la extranjera sigo siendo yo.” Por Elizabeth Martínez ¿Cuánto tiempo se necesita para integrarse en una sociedad extranjera? ¿Cuánto necesitamos nosotras —como mujeres, como madres, como latinas— para sentir que realmente pertenecemos? Migrar comienza como un acto de decisión. Salimos de nuestros países dispuestas a enfrentar lo que venga. Con el tiempo, algo cambia: esa decisión se vuelve cotidiana y empezamos a sentir el peso de sostenerla. Alemania es hoy nuestra realidad. Un país que ofrece oportunidades, pero que al mismo tiempo exige adaptación constante. En medio de este proceso, la pregunta persiste, ¿es realmente posible integrarse? La integración como exigencia El primer obstáculo es evidente: el idioma. Para muchas, integrarse se traduce en alcanzar un nivel B1, B2, a veces C1, en algunos casos hasta C2. En teoría, dominar el alemán abre puertas: permite trabajar, entender las normas y desenvolverse en la vida diaria. En la práctica, es una montaña empinada y difícil de escalar. Incluso con un nivel avanzado, persiste la sensación de no comprender del todo. Hay matices que se escapan, códigos implícitos que no se enseñan en ningún curso. En espacios académicos, esa distancia se vuelve aún más evidente: a veces parece que se necesitara un nivel aún superior, inexistente, para estar realmente a la altura. A esto se suma el reconocimiento académico. Títulos que en nuestros países representaron años de esfuerzo no siempre tienen el mismo valor aquí. La homologación, cuando existe, rara vez equivale a un reconocimiento pleno. Sin idioma consolidado ni validación profesional, el acceso al mercado laboral se limita. Aparece una constante en muchas trayectorias migrantes: la necesidad de reinventarse. Aprender a sostenerse Mientras estos procesos avanzan —lentos y burocráticos— hay que vivir. Y vivir implica ajustar las expectativas a la urgencia. Trabajos de limpieza, cuidado de niños, trabajos por horas o con turnos aparecen rápido y permiten sostenerse, aunque no formen parte del proyecto inicial. Exigen adaptación, resistencia y una disposición a habitar espacios ajenos. Hay un componente silencioso en esto: la carga emocional. Trabajar en la intimidad de otros significa aprender reglas no dichas, observar, no incomodar, hacer bien el trabajo sin ocupar demasiado lugar. No se trata de desvalorizar estas tareas —todo trabajo es digno— sino de reconocer la distancia entre la vida imaginada y la que efectivamente estamos construyendo. Y, casi sin darse cuenta, comenzamos a tejer redes, otras mujeres, otras historias, otros acentos, vínculos que no necesitan demasiadas explicaciones. Integrarse no es pertenecer Con el tiempo, una distinción se vuelve inevitable: integrarse no es lo mismo que pertenecer. Una persona puede cumplir con todo lo esperado —trabajo estable, impuestos al día, contrato de alquiler— y, aun así, sentirse fuera de lugar. Funciona, pero no pertenece. No se trata solo de entender cómo funcionan las cosas, sino sentirse parte de ellas. Los códigos sociales juegan un papel central. No se aprenden en cursos ni se certifican con exámenes. Se incorporan con el tiempo, a fuerza de ensayo y error: la puntualidad estricta, la comunicación directa, cierta distancia en lo interpersonal, la relación casi ritual con la burocracia. Reglas no escritas que organizan la vida cotidiana. Y, sin embargo, la distancia aparece en situaciones mínimas. La manera en que alguien responde —o no responde— en una interacción mínima. La rapidez con la que una conversación cambia al inglés al detectar un acento. La falta de paciencia ante un error lingüístico. Son señales sutiles, pero persistentes, que recuerdan constantemente la posición que se ocupa. La identidad en tránsito La integración nunca es un proceso unilateral. No depende únicamente del esfuerzo de quien llega, sino también de la disposición de quien recibe. Existe una expectativa implícita: adaptarse sin incomodar, participar sin cuestionar demasiado, encajar sin alterar el equilibrio. Con el tiempo, ocurren cambios; incorporamos nuevos hábitos, los mencionados códigos. La puntualidad deja de ser un esfuerzo y la planificación se vuelve natural. La forma de habitar el espacio público cambia: se habla más bajo, se observa más, se interviene menos. No obstante, no se deja de ser quién se era. No se llega a ser completamente otra persona, pero tampoco se permanece intacta. Quizás, entonces, integrarse no sea una meta, sino un proceso constante de cambio y evolución: un equilibrio inestable entre adaptarse y reconstruirse, entre pertenecer y habitar la distancia. ¿Cuánto de esto has experimentado tú?
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