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Emigrar en Familia

Cuando tomamos la decisión emigrar y tenemos hijas/os, en primer lugar, pensamos en ellos y evaluamos todas las posibilidades que van a tener en ese nuevo país. La noticia es tomada con alegría y empiezan a surgir leves inquietudes de cómo será la comida o el idioma, pero todo queda de forma difusa, lejos del peso real que puedan tener.

De a poco se va acercando el momento de emprender el viaje y aquí comienzan a palpitarse las emociones. Los adultos tenemos tantas cosas que resolver que nos olvidamos de pensar en qué les pasará por la cabeza a nuestros hijos, entonces surge la duda de cuál será la mejor forma de hacer ese despegue. Solo sabemos que nuestra vida, tiene que entrar en una maleta o con suerte, en dos. Para ellos, empiezan las despedidas, que además de sus amigos, familiares, mascotas y su hogar, están el dejar su país y su cultura. Pero esto no lo vivieron todavía.

Y continúo hablando de ellos. Llega el día del viaje en avión, que por supuesto, es muy emocionante y se termina pasando rápido más allá de las casi 20 horas entre aviones. Al llegar a destino, se encuentran con su primera barrera “el clima”. Nosotros llegamos el 31 de diciembre, con frío intenso, que aunque sabíamos mentalmente que sería impactante, es muy diferente a sentirlo en el cuerpo. Otra gran sorpresa es la oscuridad o más bien la falta de luz del sol; en realidad creo que eso nos afecta más a los adultos.

Empieza la rutina diaria y la escuela. Nosotros hicimos toda la inscripción desde Argentina y sabíamos que a cada una las esperaban con su lugar. En el aula tuvieron que enfrentar situaciones complejas de comunicación, sobre todo por el espacio de tiempo extenso, en el que todo gira en torno a idioma local. Esta carga emocional implica una adaptación acelerada. Sabemos que los niños son una esponja, aprenden rápido y nos quedamos tranquilos.

“Me quiero volver a casa”, “Extraño a mis primos, abuelos, mascotas, juguetes, etc…”. Llega pronto el día en que se nos plantea esta situación. La lista es interminable “Me hablan y no sé qué dicen”; “No entiendo nada”; “A todos les digo Ja, ja, ja… Cómo se cuándo decir Nein”. Por más que intentamos por nuestros medios explicarles que pronto van a comunicarse y seguramente mejor que nosotros, eso no es un alivio para el momento.

Han pasado 2 meses. Puedo contarles que las cosas se van solucionando. El idioma se va entendiendo o por lo menos descubren algunas habilidades extraordinarias de comunicación e interacción y sobre todo demuestran una gran capacidad de adaptación con menos recursos. Lo importante es que nosotros, los adultos, estemos seguros de la decisión de emigrar, saber que las dudas aparecerán y por más que veamos solo la dificultad, siempre hay más de una salida.

Me animo a decir que para cada hijo/a la experiencia será más que enriquecedora.



Belén Guzmán (Argentina en Berlín).


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