
Mira lo que descubrimos para ti
Aquí tienes las publicaciones, recursos y experiencias más cercanas a lo que buscaste.
La comunidad es diversa y llena de historias, servicios y aprendizajes. Estos son los resultados que mejor se ajustan a lo que buscas.
Buscar en este sitio
103 resultados encontrados
Nuestro Blog (90)
- El tiempo de soltar
Llegué a octubre tan agotada, que con la más ligera corriente de aire mis fuerzas caían como hojas desprendiéndose de las ramas. Una a una, y en cada una de ellas un intento de seguir construyendo una vida nueva. Tan nueva que ninguna parte de la anterior podría venir. Aunque debo confesar que, sin esa vieja versión, me aterraba descubrir una mujer más pequeña, sin experiencia, verde como las hojas nuevas y con un inmenso miedo de caer de nuevo. Pero no de caer en el otoño, sino de caer al llegar el invierno. Y ahora estoy aquí, a unos días de entregar al fuego las hojas caídas para quemar en él aquello que ya no se puede sostener, para aligerar el peso de las ramas -o debo decir de los brazos, las piernas, la espalda... del alma- para darle lugar a lo que está por nacer. A ti que estás dejando ir hojas y depurando ramas, a ti que reconoces que es el tiempo correcto de renovar el espíritu, a ti que en el reflejo del espejo te vuelvo a encontrar... es hora de adentrarnos en la oscuridad para volver a brillar. Hely C. T. Otoño 2025, Universidad Carlos III de Madrid
- Rompiendo el silencio: feminismo, migración y literatura
por Elizabeth Martínez Rosas Una reflexión personal sobre crecer entre mujeres silenciadas, migrar a los 45 años y encontrar la voz en la literatura. ¿Te consideras feminista? Te lo pregunto porque, queramos o no, la palabra feminista todavía incomoda. Para algunas personas suena a pelea, a exageración o a algo que no tiene que ver con ellas. Yo no nací feminista. Y hoy quiero contarte por qué, para mí, terminó teniendo que ver con todo. Imagen generada con IA De las contradicciones al punto de partida Pasé la mayor parte de mi infancia y juventud en La Unión, una ciudad pequeña del sur de Chile. En mi casa se hacía lo que mi padre decía. A medida que crecía, empecé a notar algunas contradicciones. Las mujeres de mi familia habían sido fuertes, pero muchas veces silenciadas. Mi abuela quería estudiar, pero la obligaron a casarse. Aun así, ya casada, logró estudiar enfermería. Mi madre siempre quiso ser profesora y lo consiguió, pero una vez casada dejó de trabajar para criar a sus hijos. La contradicción que marcó el punto de partida de mi aprendizaje feminista llegó antes de que me fuera a estudiar a otra ciudad. Mi padre me dijo: “Hija, estudia, lee, aprende. Para que no dependas de tu marido cuando te cases.” Viniendo de un hombre tan conservador, el consejo no dejaba de ser curioso… 😉 Estudié y me titulé de traductora. Desarrollé un amor enorme por la lectura y una curiosidad aún mayor por aprender. Y aunque formé una familia, nunca me casé, por decisión propia, y soy independiente económicamente. Con los años, mi padre me confesó que, si a él lo hubiesen educado de otra forma, probablemente habría amado de otra forma. Eso también me marcó y fue otro impulso para seguir aprendiendo. Y digo aprendiendo a propósito: siento que aún me falta mucho por recorrer en el camino del feminismo. Es un gran cambio de paradigma que no ocurre de un día para otro, y que tampoco viven igual todas las mujeres. Cuando nacieron mis hijos entendí que tenía una gran responsabilidad. El machismo no solo lo enseñan los hombres: lo aprendemos todas. Y a veces, incluso, lo transmitimos con amor. Yo no quería eso. Quise educarlos para que comprendieran que respetar a las mujeres no es una excepción ni un favor, sino una forma natural de relacionarnos. Silencios migrantes A los 45 años migré a Alemania, cargando mis propios silencios. Durante mis tres primeros años limpié casas, como tantas de nosotras. Así fui testigo —y algunas veces protagonista— de situaciones de discriminación, de acoso y de violencia verbal. Porque a veces, a las mujeres latinoamericanas se nos mira como si lleváramos un cartel que dice: “soy exótica”, “soy sensual”, “estoy disponible”. Y entonces nos damos cuenta de que, aunque hayamos cambiado de continente, aquí también puede repetirse el patriarcado. Si para mí, que sabía alemán, era difícil encontrar las palabras para defenderme, ¿cómo sería para las mujeres que todavía no podían expresarse en esta nueva lengua? Esa pregunta me llevó a enseñar alemán y a formarme para acompañar procesos migratorios y de integración. Son muchos los silencios que atravesamos a lo largo de la vida, pero muchas veces se multiplican cuando migramos: • Una lengua que todavía no dominamos. • Un título que no es reconocido. • Una experiencia profesional que aquí parece no contar. • Una residencia que, en muchos casos, depende de la pareja. • Una maternidad vivida lejos del clan familiar, postergada o simplemente no aceptada. • Una familia que seguimos cuidando a miles de kilómetros y, muchas veces, hijos que se quedaron al otro lado del océano. ¿Qué es, entonces, el feminismo? Durante mucho tiempo pensé que el feminismo era lo contrario del machismo. Craso error. El feminismo no busca cambiar quién se sienta a la cabecera de la mesa. Busca preguntarnos por qué la mesa no es redonda. Para mí, ahí empieza la igualdad. Tampoco existe un solo feminismo. Hay muchos, y aunque no siempre coincidan en todos sus postulados, hay algo que los conecta: la negativa a aceptar que el silencio de las mujeres sea normal. En nuestro caso confluyen tres dimensiones: somos mujeres, migrantes y latinoamericanas. Estas dimensiones se entrelazan y pueden dar lugar a formas particulares de desigualdad. A eso también nos referimos cuando hablamos de interseccionalidad. La literatura: recuperar la voz Feminismo, migración y silencio también se entrelazan en la literatura. Durante siglos, muchas mujeres fueron silenciadas. No se les permitió estudiar, ni escribir, ni publicar, ni firmar con su propio nombre. Y las que lo hicieron, muchas veces pagaron un precio alto. En Latinoamérica, Sor Juana Inés de la Cruz, una mujer mexicana del siglo XVII es una figura fundamental en la defensa del derecho de las mujeres al conocimiento y a la educación. Ella quería estudiar y pensar libremente. Cuando intentaron silenciarla, se defendió escribiendo, casi cien años antes que la inglesa Mary Wollstonecraft defendiera esas mismas ideas en Europa. Hoy su voz sigue vigente. La literatura no solo se escribe: también se lee. Cuando migras, leer puede convertirse en una valiosa herramienta de lucha, en la motivación que necesitas para salir adelante o, simplemente, en un espacio íntimo de reflexión. Aprendemos de la literatura. Nos identificamos con esas escritoras, reconocemos sus silencios y sus experiencias porque, en muchos casos, también son los nuestros. Hay una coincidencia que me fascina. La escritora chilena mapuche Daniela Catrileo, cuya obra también busca recuperar la voz del mapudungun, recibió en junio de 2026, en Berlín, el Premio Anna Seghers. Anna Seghers fue una escritora alemana que huyó del nazismo y vivió exiliada en México. Una alemana exiliada en México. Una chilena mapuche reconocida en Alemania. Y es que la literatura también migra, cambia de idioma y, sobre todo, conecta nuestras historias. Y tú, ¿qué libro escrito por una mujer te ayudó a encontrar tu voz? Cuéntamelo en los comentarios. ----------------------------------------------------------------------------------------- Este texto nace de la charla “Rompiendo el silencio: feminismo y literatura”, que di en la Embajada de México con motivo del aniversario de Latinas en Alemania. https://www.youtube.com/live/EkrMLKFBGjs?si=GyTiBNyZ5J8SHGk-
- Berlín también es nuestra casa
El día que llegué a Berlín entendí rápido, a veces a las malas, que aquí todo tiene reglas: separas la basura en cinco botes, el Bürgeramt se reserva con paciencia de santa y la mirada de la señora en el ubahn no tiene escapatoria. Pero tardé un poco más en entender otra cosa: esta ciudad no solo nos recibe; también se construye con nuestras decisiones. Berlín será, para muchas de nosotras, el país donde crezcan nuestras hijas e hijos. El lugar donde irán al Kita, donde aprenderán alemán, español y quizá una mezcla maravillosa de ambos; donde se harán amigas, donde enfrentarán preguntas incómodas sobre su nombre, su acento o sus apellidos dobles. Y donde deberían poder vivir sin que nadie les haga sentir que pertenecen menos. Por eso, cuando tenemos derecho a votar, votar no es un trámite. Es una responsabilidad vital. No porque tengamos que pensar igual ni apoyar una ideología concreta, sino porque participar es una forma de decir: aquí estamos, aquí contribuimos, aquí criamos, aquí trabajamos y aquí también decidimos. Este domingo 20 de septiembre de 2026, Berlín elige un nuevo Parlamento regional (el Abgeordnetenhaus) y nuevas asambleas de distrito, las BVV. Y sí: sé que la papeleta, los nombres y las palabras larguísimas pueden dar más nervios que abrir una carta del Finanzamt. Pero vamos paso a paso, sin pánico y con cafecito (yo el mío lo he hecho de olla hoy). ¿Quién puede votar? Para votar al Parlamento de Berlín necesitas tener ciudadanía alemana, tener al menos 16 años y haber vivido de forma ininterrumpida en Berlín durante al menos tres meses antes de la elección. Para esta convocatoria, eso significa haber tenido residencia en la ciudad desde, como muy tarde, el 20 de junio de 2026. Para votar en la BVV, la asamblea política de tu distrito, como Neukölln, Friedrichshain-Kreuzberg o Pankow, también pueden votar las personas con ciudadanía de otro país de la Unión Europea que tengan al menos 16 años y residan en Berlín. Esto deja fuera a muchas personas migrantes sin ciudadanía alemana ni de otro país de la UE. Es una exclusión democrática real: hay vecinas que trabajan, pagan impuestos, cuidan, emprenden y sostienen esta ciudad, pero no pueden decidir en las urnas. Si tú sí puedes votar, ese derecho pesa todavía más. Y si hoy no puedes, tu voz no desaparece: puedes informarte, conversar, organizarte, apoyar campañas, hacer preguntas a las candidaturas y acompañar a quienes sí tienen papeleta. Porque una cosa es no tener voto; otra muy distinta es no tener poder. Dos cruces, mucho poder En la elección al Parlamento de Berlín hay dos votos, en una sola papeleta: Con la Erststimme (el primer voto) eliges a una persona candidata de tu distrito electoral. Berlín tiene 78 distritos electorales. Con la Zweitstimme (el segundo voto) eliges un partido. Este segundo voto es el que determina principalmente cuántos escaños recibe cada partido en el Parlamento de Berlín. Puedes votar a una candidata concreta con tu primer voto y a otro partido con tu segundo. Sí, amiga: se puede. No es traición, ni drama de telenovela política. Es usar las reglas del sistema con inteligencia. En las elecciones de distrito (las BVV) hay un solo voto para una lista de partido o agrupación electoral. Y aunque a veces parezcan elecciones “pequeñas”, deciden asuntos muy cercanos: prioridades en el barrio, participación local, espacios públicos y vida comunitaria. Votar estratégicamente, sin vender el alma ¡Y ahora vamos a lo jugoso! Votar estratégicamente no quiere decir votar por el partido “perfecto”, porque, seamos honestas, esa criatura mitológica no existe. Significa hacer una pregunta concreta: ¿Qué opción puede proteger mejor los derechos y la dignidad de mi familia, mi comunidad y mi barrio en el contexto político actual? En Berlín, el segundo voto importa especialmente porque los partidos suelen necesitar al menos el 5% de los segundos votos para obtener escaños en el Parlamento regional. Si una fuerza democrática y progresista queda por debajo de ese umbral, normalmente no entra en el reparto de escaños. Los escaños se asignan en proporción a los votos, y el segundo voto tiene un papel central para decidir qué fuerzas tendrán representación. Por eso, antes de votar, vale la pena revisar no solo los eslóganes bonitos, sino las posiciones concretas: ¿Qué propone cada partido frente al racismo y la discriminación? ¿Defiende derechos de las mujeres, acceso a vivienda, escuelas públicas y servicios sociales fuertes? ¿Habla de migración con humanidad o convierte a las personas migrantes en culpables de todo? ¿Qué ha hecho, votado o bloqueado cuando ha tenido poder? ¿Contribuye a una mayoría democrática capaz de frenar a la extrema derecha? No se trata de imponer una opción a nadie. Se trata de reconocer que no todos los partidos plantean lo mismo sobre nuestra seguridad, nuestros derechos y el tipo de ciudad en que crecerán nuestras hijas e hijos. No nos toca quedarnos calladas A veces, como inmigrantes, aprendemos a vivir con el cuerpo un poco encogido: a no hacer demasiado ruido, a agradecer que nos dejen estar, a pensar que la política “es cosa de alemanes”. Pero no, mi gente. Si esta ciudad es nuestra casa, la política también es asunto nuestro. Nuestra participación importa precisamente porque la extrema derecha intenta reducir vidas complejas a una etiqueta: “extranjera”, “inmigrante”, “problema”. Frente a eso, votar, cuando podemos, es una respuesta tranquila pero poderosa: no somos un problema que gestionar; somos vecinas, madres, trabajadoras, estudiantes, emprendedoras, cuidadoras, amigas y parte de Berlín. Nadie debe decirnos por quién votar. Pero sí podemos recordarnos algo: defender la democracia no es una moda ni una etiqueta ideológica. Es proteger la posibilidad de vivir sin miedo, de hablar nuestra lengua, de criar a nuestras hijas e hijos con dignidad y de pertenecer plenamente a la ciudad que ayudamos a sostener. Una cruz que dice: aquí estamos Quizá tu hija todavía es pequeña y no entiende qué significa ir a votar. Quizá te pregunte por qué te arreglas para salir un domingo, o por qué llevas un documento en la bolsa junto al snack y las llaves. Puedes responderle algo sencillo: “Voy a ayudar a decidir cómo será la ciudad donde tú vas a crecer.” No es poca cosa. Es un montón. Así que este 20 de septiembre, si tienes derecho a votar, date ese tiempo. Infórmate. Habla con tus amigas. Revisa la papeleta sin prisa. Piensa en tu barrio, en tu historia, en quienes llegaron antes y en quienes vienen detrás. Pero sobre todo piensa, que ese voto debe protegerte a ti y a tu familia. Aunque muchas veces no estés completamente de acuerdo con esa ideología. Piensa en tu futuro y en el de tus peques y ve a votar, con cabeza y corazón. Porque Berlín nos ha acogido, sí. Pero también es nuestro país de ahora. El país de nuestros afectos, de nuestros impuestos, de nuestras luchas, de nuestras hijas e hijos. Y un país se quiere no solo celebrándolo: también se defiende, se transforma y se vota
ÚNETE A NUESTRO NEWSLETTER
No hacemos spam: solo contenido real y útil para mujeres como tú.







