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87 resultados encontrados

  • Cine, migración y lenguaje común en un mundo fragmentado

    Por Elizabeth Martínez. En el mito de Babel, la lengua se quiebra y la humanidad se dispersa. En la experiencia migratoria, ese quiebre se vuelve cotidiano: hablar ya no garantiza ser comprendido. Quizás por eso el cine insiste en contar historias con imágenes. En la recién concluida Berlinale, las lenguas no se unificaron, pero las imágenes actuaron como un lenguaje común y reunieron a miles de personas de distintos orígenes; algunos de paso y otros locales. Este año, la programación estuvo marcada por mensajes sociales. Aunque el festival no se define como un espacio partidista, resulta imposible separar al cine de los contextos sociales que lo rodean. Las películas dialogan con su tiempo. El cine nos recuerda que migración no es solo cruzar una frontera, sino es ese “Zerrissenheit” (desgarro de la identidad) cuando el hogar se convierte en un eco ajeno. Los temas abordados este año fueron diversos, pero destacaron las propuestas inspiradas en experiencias de migración: desde la aspereza de los trabajos de limpieza en ambientes hostiles hasta los abandonos forzados.  Las mujeres como protagonistas expusieron realidades extremas y perspectivas de resistencia y valentía. Los reflejos de estas escenas mostradas al mundo identifican. La Berlinale nos entrega un capital cultural que amplía la visión de nuestro entorno, no solo desde este festival, sino también desde la cartelera tradicional. En cualquier lugar esto resulta significativo. Lejos de ofrecer respuestas el cine propone preguntas, abriendo espacios de discusión y reflexión. Ver las salas llenas de un público multicultural revela una voluntad compartida de mirar, de interesarse y de intentar comprender al otro. Quizás este sea el primer paso para habitar nuestra propia Babel; no para resolverla, ni unificarla, sino para aprender a convivir en ella.

  • Emprender en el extranjero: ¿por qué no?

    La tecnología ha venido para quedarse y debemos sacar provecho de ello, cada vez más aumenta la tasa de emprendedores queriendo cubrir necesidades del mercado, es tu momento mujer. Si vives en un país que no es el tuyo y quieres emprender en algo que se te da bien, atrévete y hazlo, esta experiencia es emocionante y desafiante, pero si te tengo que decir varias cosas que tienes que tener en cuenta antes de lanzarte a la aventura emprendedora. Como punto principal de la historia, tienes que integrarte bien en tu nuevo país, conocer la cultura, tener un básico del idioma, saber como se maneja la situación del terreno donde estás, además y no menos importante tienes que trabajar tu mentalidad, las creencias limitantes que no te dejan avanzar y tu relación con el dinero. Esos saboteadores mentales son los que te hacen postergar tus sueños y anhelos. Estas recomendaciones que te hago aplican tanto si vas a emprender con un negocio físico o digital. En mi caso, tuve que pasar por varios procesos y han sido los que te he descrito arriba, sin estos pasos es casi imposible lograrlo, porque para constituir tu negocio tienes que saber como funcionan los temas legales del país en que resides, te aconsejo buscar asesoría profesional en el tema. Yo después de tanto postergar me lancé al ruedo, y sí, soy Freelance Copywriter y ayudo a empresas y emprendedores a comunicar la esencia de su negocio a través de los textos para que vendan más (escritura persuasiva). Prometo escribir otro post donde te cuente más en profundidad de que se trata. Y así como yo he sacado este proyecto seguro tú también deseas sacar a la luz el tuyo, si es posible, no es fácil, pero compensa. A por esos sueños mujer y recuerda. “El éxito no es la clave de la felicidad. La felicidad es la clave del éxito” Cinthya Alcivar Consultora de Marketing Digital / Copywriter / Mentora de Negocios www.cinthyaalcivar.com

  • La desilusión del primer mundo

    He pensado mucho en el tema sobre el que escribir para mi primer post en este blog de Latinas en Alemania. Luego de darle muchos días de conversaciones con la almohada, me dije a mi misma que de todo lo que he leído, poco he visto sobre la desilusión que uno/a se lleva cuando llega al llamado “primer mundo”. Personalmente no es mi primera vez, sino la cuarta vez en Europa, siendo la tercera vez que vivo en Alemania. Así que puedo comparar épocas anteriores con la actual. Y en gran resumen, no ha cambiado para mejor. Con esto no quiero desilusionar a quienes están por venir, pero sí dar un punto de vista sobre este tema. En el 2020 llegué a Alemania con mi familia, esposo e hijas, llenos de esperanzas sobre una nueva vida, en un lugar seguro y con más oportunidades para nosotros. Y aunque yo tenía totalmente claro que el migrar es un proceso, aún no tenía idea sobre el proceso con una familia a cuestas. Para mi estos han sido los desafíos enormes de migrar a Alemania con familia, puede ser que en ciertos casos sea específico para Berlín: -          Encontrar vivienda. Creo que cualquiera que haya venido ha pasado por este trámite que parece imposible. Bueno ya sé que exagero, pero conseguir algo estando aún fuera del país es casi como encontrar una aguja en un pajar, estando ya en el país es menos complicado, pero tampoco fácil. Eso en mi país es totalmente diferente. Allá casi que puedes elegir a tu total gusto dónde vivir, los metros cuadrados, imponerte ante cosas que el propietario no quiera, etc. Aquí casi casi te hacen un favor al alquilarte algo. -          La soledad. Y entiendo que haya gente que disfrute su soledad, el vivir solo/a significa tranquilidad y paz. Para otros la soledad es una carga pesada que o aprendes a llevarla a te aplasta. Parecería obvio que para experimentar la soledad uno/a deba estar en realidad solo o sea como popularmente se dice "no tener ni perro que te ladre". Pero no es necesariamente así. He podido caer en cuenta que al migrar existe una nueva clase de soledad, que personalmente he atravesado. No estoy literalmente sola, porque tengo mi familia y, sí, graciosamente tengo a un perro que me ladra. Pero existe una soledad que sufres al migrar porque se ha "perdido" a la familia cercana, al círculo de amigos, a una vida que ya no está. Y eso puede hacerte sentir muy muy solo/a. Eso sumado al hecho de que hacer amigos en otra ciudad, país, cultura, y más aún a una edad "avanzada" es cada vez más difícil. -          Encontrar especialistas médicos. La salud es un tema que me da para un post solito, pero el problema con el que más me he encontrado es el de los especialistas. Encontrar cita para un dermatólogo puede llevar hasta 6 meses y cuando lo encuentres, es una lotería que sepa tratar tu piel. He ido a al menos 10 dermatólogos en estos 3 años y ninguno me ha tratado como lo hacía mi doctora en mi país. Me tocará seguir buscando, aunque los tiempos de espera sean absurdos. -          Obviamente el clima. Tal vez no molesta al inicio, ni al segundo o tercer año, pero creo que casi todos llegamos a extrañar tener varias horas de sol al día y no tener que estar poniéndose el ropero completo encima para poder salir sin frío. Yo personalmente extraño el clima de mi ciudad, la eterna primavera en donde no sentía menos de 15 grados ni más de 25. Abrigos grandes, gorros, medias de lana casi nunca. -          La burocracia. Si hay algo que a mí se me venga a la mente al escuchar la palabra Alemania, es la burocracia. Pienso que Alemania se parece mucho al libro de Kafka, “el proceso”; con todos sus despachos en diferentes pisos, los casos complicados, todo es difícil. Todo empieza con el registro en el ayuntamiento. Esto es necesario para “existir” en este país. Con ese registro puedes trabajar, recibir notificaciones del estado, recibir tu número fiscal, abrir cuentas de banco, firmar contratos, etc. Pero para esto necesitas tener un departamento, cosa que como ya vimos antes es difícil. Pero para tener departamento necesitas trabajar porque sino nadie pensaría siquiera alquilarte un departamento. Y para trabajar necesitas tu número fiscal… así que es un círculo vicioso terrible. Adicional al registro están los trámites de extranjería que son un dolor de cabeza, los de licencia, de impuestos, y un sinfín de trámites que se hacen en el ayuntamiento. Para lo cual conseguir cita es una tarea titánica. En serio creo que se necesita un libro a lo “Burocracia alemana para dummies”. -          Las drogas. Ni siquiera porque vengo de un país dominado por el narcotráfico había estado tan cerca de las drogas como en Berlín. El olor a marihuana suele inundar cuadras enteras, ver a la gente con la mirada perdida es algo muy normal, ver como se inyectan en un baño público con la puerta abierta de par en par, encontrar a un adicto con la inyección aún colgando del brazo (de hecho, eso lo vio mi hija de 8 años). Jamás había visto esto y pues es algo “normal” en ciudades grandes, sobre todo en Berlín.  -          La suciedad. Uno pensaría que como en Europa la gente es más culta, cobran más impuestos, hay más dinero para estas cosas, las ciudades son nítidas. Posiblemente dependa de la ciudad. Berlín es, en muchas áreas, una ciudad super sucia. No solo se ven montones de basura en las calles, los basureros sin fondo con todo su contenido desparramado en el suelo, sino que hay muebles en muchas esquinas. El deshacerse de muebles suele tener un costo, así que la gente prefiere ponerlos en la calle para ver si algún rato la basura se la lleva. Pero eso suele demorar hasta que alguien se queja con el “Ordnungsamt” - Oficina de orden público – y ellos se encargan de retirar los muebles. -          Los impuestos. Si bien es cierto que esto es lo que permite que la sociedad funcione, que se pueda dar ayudas sociales, etc, no es menos cierto que se paga impuestos por todo acá. Impuestos para la TV y radio (que dicho sea de paso muy poca gente mira), impuestos por tener mascotas (en Berlín 120€ anuales), impuesto a la religión (si eres católico o evangélico), impuesto al café y algunos otros impuestos algo absurdos. -          El mal humor. Creo que definitivamente los alemanes no tienen fama de ser lo más alegres, pero a veces pienso que muchos viven sus vidas en la total amargura. He leído mil y una historias sobre como los vecinos se quejan del más mínimo ruido (me pasó que vino un vecino a patearme la puerta porque mis hijas jugaban), cargan caras de pocos amigos, gritan a todo el mundo.  Ojo que no digo que sean todos, pero en Berlín abundan. Supongo que me habré olvidado de una que otra cosa. Pero luego de poner en una lista tanta cosa negativa, pues algo habrá que aún no me ha desilusionado del todo vivir acá. -          La educación: Las escuelas públicas son gratis. La calidad de la educación es otra cosa, pero con esa educación puedes llegar a la universidad, algo que la educación en Latinoamérica no siempre te permite. Las carreras universitarias de pregrado igualmente son muy asequibles. -          La salud. Si bien es cierto tiene sus obstáculos, pero en general todos tienen acceso a la salud y no tendrán que declararse en bancarrota por cuentas médicas, ni te vas a morir por no tener como pagar los servicios de urgencia u hospitalarios. -           La seguridad. Sé que hay sectores más o menos peligrosos, pero en resumidas cuentas Alemania es mucho más seguro que muchos países latinoamericanos. No digo que no sucedan cosas, es más a mí me han robado una vez la bicicleta, pero tengo la libertad y seguridad de salir sola a caminar de noche, de poder hablar con el celular sin miedo de que me roben. No tengo que pensar dos veces al escuchar una moto, pensando que vendan a robarme o tener miedo de escuchar disparos a cualquier hora del día pensando que son sicarios. Eso es un alivio enorme. -          El transporte. Al menos en ciudades grandes como Berlín o Hamburgo, el servicio de transporte es excelente. Buses, Tranvías, trenes, metros prácticamente 24/7 y a todos lados, con gradas eléctricas, ascensores, acceso para sillas de ruedas, coches de bebés, perros. Y todo esto por apenas 49 € al mes con el ticket de Alemania (Deutschlandticket). -          La facilidad para viajar. En general viajar es relativamente sencillo. Hay trenes o buses a todo lado, hay aviones que ofrecen buenos precios, hoteles, hostales para todo bolsillo. Si tienes auto puedes en un día ir a conocer otro país y volver. Hay paisajes maravillosos, bosques, lagos, ríos, montañas y mil cosas hermosas que conocer. Con estos pros y contras pueden formarse su propia idea. Pero es bueno no venir con la falsa idea de que acá todo es limpio, ordenado, y funciona siempre perfectamente. FALSO. Posiblemente tenga una opinión sesgada porque estos últimos años solo he vivido en Berlín, y al parecer en Berlín todo funciona más mal que bien. Este país, como muchos otros, tiene sus problemas, pero también cosas buenas que permitirán tener una vida plena.   Blog: https://migrantmoms.home.blog/ Blog: https://alemania4dummies.wordpress.com/

  • Sinopsis del libro "Eres libre así que, ¡VUELA!"

    Libro de Liz Soto Rivas, fundadora de Latinas en Alemania. Disponible en Amazon y en nuestra shop de Latinas en Alemania. De la Autora Escribí Eres libre, ¡así que vuela! para todas las mujeres que, como yo, un día dejaron atrás su tierra y descubrieron que la migración no solo se vive en kilómetros, sino en el alma. Lo escribí como una amiga que dice: “No estás sola”. Este libro nació del deseo de transformar la soledad en comunidad y de recordar que el vuelo más importante no es el que nos lleva lejos, sino el que nos devuelve a nosotras mismas. Resumen Mi nombre es Liz Soto Rivas. Nací en Durango, México, y desde muy joven sentí que el mundo era demasiado grande como para quedarme quieta. Siempre me intrigó lo diferente, lo desconocido, lo que estaba del otro lado del mapa. Hoy vivo en Berlín, Alemania, y cuando miro hacia atrás veo que cada migración - cada caída y cada renacimiento - me fue preparando para escribir este libro. Eres libre, ¡así que vuela! no es un manual ni una autobiografía clásica. Es una conversación con la vida, un abrazo hacia las mujeres que atraviesan procesos de cambio, desarraigo y reconstrucción. Hablo desde mis propias cicatrices y desde la fuerza que descubrí al compartirlas. Quise que fuera un libro que se sintiera como una charla entre amigas, sin filtros. Un espacio donde la vulnerabilidad no sea debilidad, sino un puente. Mi historia y el llamado de lo diferente Desde niña me sentí atraída por lo distinto. En Durango, cuando tenía apenas dieciséis años, viví mi primer encuentro con “lo extranjero”: un chico estadounidense llamado París. Aquella relación adolescente me enseñó, más allá del romance, el valor de elegirme a mí misma. Cuando lo defendí en mi mal inglés y le dije “If you believe them, you can leave”, sin saberlo estaba proclamando mi voz. Esa anécdota, que podría parecer menor, fue mi primer acto de libertad. Años después entendí que migrar, como amar, empieza cuando te atreves a ser fiel a quien eres. Por eso el libro abre con ejercicios para reconectar con nuestra niña interior: porque ella sigue siendo la brújula de todo viaje. Primera migración: la heroína cansada de salvar Mi primera gran migración fue a Boston, en 2009. Llegué como au pair, buscando estar cerca de ese amor de juventud y, sin darme cuenta, buscando también redención. Quería “salvarlo”, como si el amor se midiera en sacrificios. Es donde hablo del síndrome de la heroína: ese impulso femenino de poner el alma usualmente sobre tu amor propio. Pronto descubrí que migrar no era solo cambiar de país, sino de piel. Segunda migración: amor, identidad y comunidad Años después, el destino me llevó a Alemania. En un viaje a Nueva York conocí a Alex, un chico alemán que más tarde se convertiría en mi compañero. No fue una historia de película, sino de consciencia. No me mudé para seguirlo; decidí migrar por mí. Quería experimentar otro tipo de estabilidad, una que naciera del amor pero también del propósito. El nacimiento de una comunidad Latinas en Alemania se convirtió en mi tribu, mi laboratorio de aprendizaje y mi inspiración para escribir este libro. En esos círculos de mujeres vi reflejadas muchas de mis emociones: la nostalgia, el miedo, la rabia, la invisibilización. Pero también vi algo más poderoso: la alegría de encontrarnos. A través de las historias de otras latinas comprendí que nuestra migración no es solo geográfica, sino emocional y política. En la comunidad hablamos de microagresiones, de racismo, de cómo el acento puede ser una herida y también una bandera. Aprendí que ser latina en Europa es un acto de resistencia: que cada palabra pronunciada con orgullo en español es una forma de decir “aquí estoy”. Reconstruirme: amor propio y cuerpo migrante Después vino la etapa de reconstrucción. Había atravesado la culpa, la pérdida, el miedo, y me di cuenta de que todo camino migrante culmina en la misma pregunta: ¿quién soy ahora? En ese proceso entendí que el amor propio no es una moda, es un acto político. Aprender a decir “no”, cuidar mi salud mental, reconciliarme con mi cuerpo, fueron pasos esenciales para volver a habitarme. Feminismo sin distracciones Con el tiempo mi activismo encontró una voz más clara. Comprendí que hablar de migración también es hablar de feminismo. No de un feminismo de etiquetas, sino de un feminismo cotidiano, real, el que se practica cuando nos acompañamos sin juicio. En el capítulo “Feminismo sin distracciones” reflexiono sobre cómo a veces el brillo superficial nos hace olvidar lo esencial: que el feminismo es comunidad, política y acción. Lo que me mueve no es “verse empoderada”, sino estar acompañada. Los recursos del vuelo En la parte final del libro comparto herramientas prácticas: redes de ayuda emocional, ejercicios de creatividad, recursos espirituales y los 20 mandamientos de la latina migrante. No son mandamientos rígidos, sino recordatorios de amor: agradecer las raíces, dejar de compararse, reír más, pedir ayuda, y nunca olvidar que el vuelo es compartido. También incluyo recursos creados por nuestra comunidad: chats de apoyo, talleres, espacios de escucha. Porque escribir este libro fue cerrar un ciclo, pero también abrirlo a muchas más historias. Hoy, cuando digo “Eres libre, ¡así que vuela!”, hablo de todas nosotras: de las que partimos con miedo, de las que regresamos con cicatrices, de las que seguimos buscando hogar en cada palabra. Gracias por leer y espero que te interese, si deseas adquirirlo, está disponible en nuestra página web y también en Amazon .

  • Rompiendo Patrones: Elegir la Coherencia

    Nuestros padres o cuidadores nos enseñaron de muchas maneras a ser incoherentes, no con mala intención sino porque no sabían enseñar de otro modo.  Para que nuestros vecinos, amigos y otros familiares nos quisieran y aceptaran, nos obligaban muchas veces a comer cosas que no nos gustaban "para quedar bien". Y por eso hoy muchísimas personas aguantan relaciones y trabajos que no les gustan. "¿Por qué sigues con ese hombre que no te quiere?" "Porque me mantiene, porque tú también te quejabas de mi papá, pero no te fuiste nunca porque nos mantenía a todos". Así como un papá o mamá le dice a su hijo, mientras está fumando en ese momento: "No fumes porque es malo para la salud", cada día vemos incoherencias en muchas otras situaciones.  La Coherencia es pensar, sentir y actuar en la misma sintonía. Pienso primero en dejar de comer azúcar en exceso para poder bajar de peso y cuidar mi salud, siento tranquilidad con mi decisión y por último elimino o regalo los dulces que tengo en casa en ese momento. Allí hay Coherencia: "Yo me amo y por eso cuido mi salud". Al principio el cuerpo pedirá la "dosis" de azúcar, y para eso la sustituiremos por otras opciones más saludables, no necesariamente menos deliciosas, hasta crear un nuevo hábito. Veintiún (21) días se necesitan para crearlo. Si yo quiero tener un trabajo, ganar mi dinero y ser independiente, y aún así no preparo mi hoja de vida, no busco ofertas de empleo en ninguna parte, ¿de qué manera espero que suceda? Nadie lo hará por mí.  Vivir en Coherencia nos da tranquilidad. Nos permite enviarle a nuestro cerebro mensajes claros y actuar en consecuencia.

  • No es el café, es la actitud: lecciones de responsabilidad y crecimiento personal

    Hace un tiempo leí una frase que me resonó: "Si eres adulto, y no tienes dinero ni para comprarte un café, vives en el fracaso". Por supuesto, no es igual quedarte sin empleo y restringir tus gastos mientras encuentras otro, a asumir que otro adulto estará allí indefinidamente para cubrir tus gastos, y a cada rato tienes que pedirle dinero como un niño. ¿Qué se espera de un adulto? Que cubra sus propios gastos y se haga cargo de su vida.  ¿Y qué es el Fracaso? Es la interpretación que una persona hace cuando percibe que no ha alcanzado una meta importante. También es la repetición de patrones que no sirven. El ejemplo del café es algo pequeño y cotidiano. Sin embargo, cada día también vemos en los migrantes actitudes de fracaso como: Tener cierta cantidad de tiempo en el nuevo país, no hablar aún el idioma con fluidez, creer que no lo logrará y dejar pasar el tiempo, perdiendo oportunidades de aprendizaje, trabajo y nueva red de contactos. Llegar a otro país a trabajar en áreas distintas a la suya, sin un plan con fechas y objetivos, con vergüenza y/o resentimiento: "Yo no estudié para repartir comida, lavar baños o servir mesas".  Comparar el progreso propio con el de alguien más. ¿Traes de tu casa creencias limitantes? "Si estás vivo, es suficiente", "Lo importante es sobrevivir". Es necesario sustituir esos "canales neuronales" por otros que al principio nos incomoden, y que al final nos permita vivir con libertad. No es "olvidar la vieja programación" ya que nuestro cerebro no olvida, es sustituirla por otra más funcional con la repetición de nuevos hábitos y mensajes. Conócete, para que tengas claro cuáles son tus fortalezas y limitaciones, acepta que tienes tus propios tiempos y métodos y no tienen que acoplarse a las expectativas de nadie más.

  • Muerte con M de Migrante. Duelo entre dos mundos Parte 2

    Por Elizabeth Martínez Cuando la muerte cruza fronteras, el duelo también migra: memoria, ausencia y culpa viajan con nosotros. Desde tiempos antiguos, el ser humano se ha trasladado de un lugar a otro para vivir. Aun cuando en algún momento optó por una etapa sedentaria, su esencia no desapareció, solo se adaptó. Nosotras somos la prueba de ello: al movernos, migrar, adaptarnos. El estatus de “migrante” lo podemos adquirir en forma voluntaria o en algunas circunstancias extremas en forma obligada. Cualquiera sea la situación, el ritmo de nuestra existencia nos lleva a ese estado profundo de “duelo migratorio”, de pérdida de nuestro entorno, de nuestra familia, de nuestros amigos. Cada paso que damos para avanzar en esta nueva etapa de adaptación nos pesa en cada músculo de nuestro ser. Nada pesa tanto como lo que no se ve. Dejamos de sentir que pertenecemos y nos esforzamos por encontrar un espacio que nos acoja y por crear un nuevo entorno. Los procesos, como en todo, son individuales, no hay recetas mágicas ni manual de instrucciones. No hay límites de tiempo. Puede durar poco o ser eterno y, en este transcurrir del tiempo, seguimos caminando, seguimos avanzando. ¿Qué ocurre cuando, un día, nos despertamos y nos damos cuenta de que se ha sumado un nuevo duelo?  Este nuevo dolor no borra el anterior; se superpone a él. Cuando creíamos estar superando ese llamado duelo migratorio, nos miramos y nos descubrimos inmersas en un nuevo duelo, esta vez por la muerte de alguien cercano. Tal como lo relaté en el post anterior, tuve la suerte de poder viajar, de abrazar y de despedirme. Sé que muchas y muchos no han tenido esa posibilidad. No siempre nuestra economía permite comprar un vuelo el mismo día del viaje, no siempre contamos con el apoyo para organizar a la familia, los niños o el trabajo. Nuestro dolor se duplica. Investigaciones y estudios sobre duelo transnacional señalan que la dificultad no radica únicamente en la imposibilidad de viajar, sino también en la ruptura de deberes morales y culturales, la ausencia en los rituales funerarios y la imposibilidad de compartir el duelo de forma comunitaria. Cuando la muerte de un familiar ocurre estando nosotras lejos, sin poder viajar o sin poder llegar a tiempo, pueden surgir sentimientos de culpa aumentada. A la señorita “Culpa” se le suma su amigo el “Desarraigo”; ahora sentimos que pertenecemos menos a este lugar, donde el dolor duele más. La distancia amplifica toda la carga ya existente. No hay consejos, solo reflexiones. El duelo no se mide en lágrimas sino en pequeños actos. Cada gesto se convierte en un ritual propio para mantener viva nuestra memoria. El duelo no termina ni determina, sólo nos transforma. No se trata de superar esa pérdida, sino de reorganizar el vínculo. Podemos mantener a nuestros seres queridos activos en nuestra memoria, hacerlos parte de nuestra identidad y dejar que el amor que sentimos por ellos nos genere más amor para los que aún están. Esta reorganización no es una negación, es simplemente integración.

  • De Ecuador a Alemania: la evolución que no estaba en mis planes

    Nací en Ecuador y viví allí hasta los 26 años.Había construido lo que muchas considerarían una vida “lograda”: licenciada en Administración Financiera, máster en Contabilidad y Auditoría, y un trabajo estable como funcionaria pública. Tenía estructura, seguridad y un camino claro. Desde fuera, lo tenía todo. Y, sin embargo, por dentro sentía algo difícil de nombrar.No era infelicidad. No era ingratitud. Era una sensación silenciosa de desconexión. Como si estuviera cumpliendo un guion correcto… pero no completamente mío. Entonces llegó el amor. Conocí a un alemán que cambió el rumbo de mi historia. Migré por amor. Y lo volvería a hacer. Hoy estoy felizmente casada, tengo dos hijos y mi relación es sólida. El amor no fue el problema. La transición sí. Cuando migré a Alemania no solo cambié de país. Cambié de versión. En Ecuador yo era “la licenciada”, la profesional con estabilidad, la mujer con estructura. En Alemania era la extranjera. La que no dominaba el idioma. La que no entendía el sistema. La que empezaba desde cero. Y poco después fui mamá. La maternidad fue hermosa y desafiante a la vez. Estaba construyendo una familia en un país nuevo, adaptándome a una cultura distinta, aprendiendo otro idioma… y sin darme cuenta, me fui apagando. Me enfoqué en sostener a todos.Y me olvidé de sostenerme a mí. Hubo un momento en que no me reconocía en el espejo. No era solo físico. Era identidad. ¿Quién era yo ahora? ¿La funcionaria exitosa? ¿La mamá migrante? ¿La mujer enamorada que dejó su país? Sentía que había pasado de tenerlo todo… a no saber quién era. Y aquí está lo importante: no me iba mal. No estaba en una relación tóxica. No estaba en crisis externa. Estaba en transición interna. Con el tiempo entendí algo que cambió mi perspectiva: no estaba perdida. Estaba evolucionando. Pero nadie nos enseña a atravesar transiciones. Nos enseñan a estudiar, a trabajar, a cumplir expectativas. No a reconstruirnos cuando la vida cambia el guion. Empecé a buscar respuestas. Leí, hice terapia, me hice preguntas incómodas. Me reencontré con el desarrollo personal, con la mentalidad, con el autoconocimiento. Poco a poco, fui recuperando algo esencial: confianza. Volver a mí no fue un acto dramático. Fue un proceso. Fue aprender a escucharme.Fue aceptar que ya no era la misma.Fue permitirme explorar intereses nuevos. Descubrí que me apasionaba el mundo digital, la comunicación, el marketing. No como herramienta vacía, sino como estructura para sostener una nueva etapa. Me formé en marketing digital. Volví al mercado laboral en Alemania. Salí de mi zona de confort. Y entendí que la estructura no era una cárcel: era contención. Hoy acompaño a mujeres profesionales que atraviesan transiciones personales, migración, maternidad, cambios de rumbo, estancamiento profesional, a ordenar su mundo interno y dar forma a una nueva etapa con coherencia. Integro mentalidad, identidad, cuerpo y estructura.Porque yo necesité todo eso para evolucionar. No perdí mi identidad al migrar.Evolucioné hacia una versión que todavía no conocía. Y eso es lo que hoy comparto. Porque empezar de cero no siempre es caída. A veces es el inicio de una expansión que aún no sabes nombrar.

  • EL PRECIO DE VIVIR EN EL VICTIMISMO

    Cuando llegamos a este país, sin ningún tipo de visa, al principio recibimos una serie de beneficios. Sin embargo, no son vitalicios. Hace poco leí una publicación sobre la importancia de la integración y todo lo que ella implica: movimiento, idioma, trabajo y estrategia. Como adultos responsables, estamos obligados a producir dinero de manera legal y pagar impuestos, y así desprendernos de las ayudas económicas. Uno de los comentarios que hicieron fue: “Ojalá nunca llegues a necesitar de esas ayudas”. El tema no es que en algún momento lleguemos a necesitarlas. Es hacer lo necesario para hacerte responsable de tu vida y cumplir con lo que exige el sistema. Las ayudas son un respaldo temporal; la independencia es el objetivo. El mensaje de trasfondo de ese comentario es: “Tu contenido me hace sentir cuestionado, así que me protejo colocándome en una posición moralmente intocable”. ¿Te has visto alguna vez en esta posición? • “Es que imagínate, yo aquí sin saber si me van a aprobar”. • “Si me quitan la ayuda del social o del Jobcenter, no sé qué haré”. • “Es que aún no hablo bien el idioma”. • “Es que tengo mala racha, envío hojas de vida y no me llaman”. Nuestro cerebro primitivo siempre nos dará excusas para no esforzarnos y quedarnos solo con lo necesario para respirar y seguir vivos. Por eso es importante aprender a reprogramar nuestra mente, cuestionando esas creencias que están detrás de estas afirmaciones. De alguien aprendimos a ser víctimas, sin duda. Cuando adoptamos el rol de víctima, somos como prisioneros con las manos atadas. El beneficio más común que obtenemos es: atención, lástima, palabras de ánimo y, en algunos casos, dinero. Sin embargo, seguimos sin avanzar. Este país (y cualquier otro) requiere de personas con autoestima, con claridad, con metas y con proyectos que sumen. Es cierto que cada vez hay mayores exigencias, y es un buen punto para moverse y buscar información. Si yo no tengo esto que están pidiendo, ¿cómo lo consigo? ¿A quién puedo preguntar? Sí, el proceso de integración puede ser largo, y es incómodo. Y aún así hay que hacerlo. Muchas veces no tendremos ganas de levantarnos, estaremos cansados. La motivación sólo llega cuando vemos resultados, así que no podemos decir: "Cuando me sienta motivado voy a actuar". Y por último: acostumbrarse a depender de otros tiene un precio muy alto. La vida es acción, no parálisis.

  • Muerte con M de Migrante. Miles de Kilómetros antes del adiós | parte 1

    Por Elizabeth Martínez ¿Has perdido a algún ser querido siendo migrante y estando lejos? Hace dos semanas se cumplió un año de la muerte de mi padre. Llevo diez años viviendo en Alemania y muchas veces me pregunté cómo sería si… algo le pasara a alguien de mi familia. Pongo puntos suspensivos porque, en la realidad, la muerte suele ser un tema invisible, etéreo e incluso ajeno. Un día, una video llamada me anunció el cáncer de mi padre. Todos sabemos cómo suelen ser los pronósticos cuando aparece esta enfermedad. Nunca tienen una base alentadora, sin embargo, y al mismo tiempo, todos creemos en ese momento que nuestra historia puede ser diferente y nuestras esperanzas se alimentan rápido y crecen a gran velocidad. Luego del diagnóstico y después de dos meses de exámenes, debió ser internado en una clínica. Ahí comenzó un sin fin de video llamadas y las largas conversaciones con él y con mis hermanos. Un día de enero, a las 13:00 horas en Alemania, una llamada cambia todo. Me comunican que la situación era grave y que el médico tratante me recomendaba viajar inmediatamente, si quería “verlo” con vida. La realidad se cae a pedazos. Cuatro horas más tarde y con el mínimo de ropa en una maleta de mano comenzaba el viaje más angustiante que hasta ese entonces había experimentado. Si hubiesen pesado todas las emociones guardadas en aquella maleta, lo más probable es que hubiese tenido que pagar sobrepeso. Nunca estamos preparados para enfrentar la muerte, pero menos lo estamos para enfrentarla desde tan lejos. Los miles de kilómetros que nos separan se transforman en miles de pensamientos que se atropellan unos con otros, intentando imaginar posibilidades, organizando en nuestra mente nuestra llegada, revisando las conexiones, etc. Sólo con el fin de que los minutos avanzaran aún más rápido y esos miles de kilómetros se esfumasen en el aire, intenté convencerme de que todo estaba bajo control. En realidad, nunca nada lo está. En estos casos, la angustia suele ser nuestra compañera de asiento.  Está ahí, oprimiendo nuestro pecho y recordándonos al mismo tiempo que, aunque sea difícil, debemos respirar profundo, aunque esto sólo se logre entre lágrimas y silencio. Cerrar los ojos y sumergirse en los miles de recuerdos que vienen a la memoria es lo que trae un poco de paz a las largas horas de vuelo que hay que soportar. Para mí —y tal vez para muchas— la parte más angustiante fueron los últimos 30 minutos de vuelo, cuando el piloto anunció el descenso y comunicó a los pasajeros que estábamos próximos a aterrizar. La incertidumbre pesaba en mis zapatos. Tuve la suerte de encontrar aún con vida a mi padre al llegar a la clínica, de poder abrazarlo y decirle lo mucho que lo quería. Dos días después de mi llegada en ese repentino viaje; él partió el suyo, él inició su vuelo.

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